| Las que van a buscar... Las que traen lo encontrado. |
| Bambú al interior |
La noche del pasado 30 enero nos hicimos presentes en la Sala Tlaqná para estar en un concierto más de temporada de la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX), bajo la dirección de su titular, el maestro francés Martin Lebel. El programa lucía un poco incómodo por solo moderno, particularmente para las gentes de edad ya avanzadita, como soy yo con mis ochenta y ocho años cumplidos. Pero llegamos al concierto con buen ánimo, mi esposa, la esposa de nuestro hijo y yo.
El programa no lucía muy atractivo para mi y otros viejos, con tres obras cortas, de veinte minutos cada una, dos de ellas modernas: Schelomo, para violonchelo y orquesta de Ernest Bloch y En el Sur de Edward Elgar. Finalmente Tasso, lamento y triunfo de Franz Liszt, que era la esperanza de nosotros los viejos
La entrada fue buena, me pareció mejor que el promedio. Para ello influyó que la solista en el violonchelo para la primera obra fue Inna Nassidze, que es miembro de la orquesta y maestra en el Instituto Superior de Música del Estado de Veracruz. Muchos alumnos fueron a estar con su maestra. ¡Qué bueno!
Se dio el concierto, con una orquesta estupenda, una dirección irreprochable y una magnífica solista en la primera obra. Pero a nosotros, los de la tercera edad, no nos gustó, para nada; es más, nos molestó. Fue "mucho ruido y pocas nueces". La obra de Elgar, lo mismo. La esperanza nuestra era la obra de Liszt, pero tampoco; ¡igual o más fea que las dos primeras! Aclaro que estas son opiniones personales.
Al terminar, salimos corriendo, pues hasta Liszt nos falló.
¡Así es esto del arte!, sobre todo aquel que se da en el tiempo y no en el espacio. El próximo viernes regresaremos a la Sala Tlaqná, a ver como nos va.
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NB. Esta entrada no tiene ilustración por que no se me ocurrió que poner.
| Dmitri Shostakóvich (1906 - 1975) |
Dmitri Shostakóvich (1906 - 1975) fue un músico ruso, soviético, sinfonista impar, que en este terreno me parece sólo comparable a Beethoven y a Mahler, teniendo conciencia que estoy excluyendo a Mozart y a Haydn. ¡Que me perdonen los sabios!
A la mitad de su vida vivió la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945) y en Leningrado actuó como bombero, combatiendo los incendios que el gigantesco bombardeo de los nazis alemanes mantuvo en su ciudad natal, por años.
Como artista, siguió componiendo su música durante la guerra, particularmente en los recintos alejados de las zonas críticas y peligrosas (Siberia), donde el gobierno central de la URSS alojaba y ponía a trabajar a sus artistas. Ahí se crearon obras magníficas; de Shostakóvich, sus sinfonías 7, 8 y 9, las llamadas "sinfonías de guerra". Se estrenaban allá y estaban sujetas a la críticas, en ocasiones venenosas, de otros compositores encerrados allá también.
Es ésta la historia de la Octava Sinfonía de Dmitri Shostakóvich, que la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX) nos ofreció, como pieza única en el programa, el pasado viernes 23 de enero en la Sala Tlaqná, su extraordinario recinto sonoro, que lució una entrada apenas regular. Lástima..., porque la Octava Sinfonía de Shostakóvich, bajo la dirección estupenda del maestro Martin Lebel, resultó magnífica e impresionante y nos transmitió cabalmente un sentimiento de resistencia heroica ante las injustas locuras que representan las guerras.
Para un melómano profano, aunque conocedor, juzgar una obra de esa magnitud por una primera audición en la vida, es tarea difícil; no lo intentaré, aunque creo que no la volveré a escuchar "en vivo" en el espacio restante de mi vida.
La obra, de cinco movimientos que se van como agua, tiene el sello de Shostakóvich, sello de grandeza, que no de grandiosidad; sello de entereza, sello de universalidad y una advertencia de libertad ineludible y resistencia total ante las injusticias guerreras. Los invasores de esa Rusia finalmente fueron derrotados y la Octava Sinfonía de Shostakóvich sigue viva, hermosa e inquietante.
Con ese ánimo la escuchamos el pasado viernes en una audición inolvidable, por lo menos para mí, a cargo de la Orquesta Sinfónica de Xalapa bajo la batuta estupenda del maestro Martin Lebel.
Hace unas semanas, el lunes 15 de diciembre del pasado año 2025, mi entrada en este espacio trató de robots en forma muy ligera y hasta juguetona y terminó con la siguiuente oración:
"Ya no sé más de robots. Si algo más aprendo en la vida, haré otra entrega con eso."
Se ha llegado ese día, pues recién me entere que...
"... China acaba de cruzar un límite del que casi nadie está hablando y hay que decirlo claro: ya pusieron en marcha el primer ejército de robots humanoides, máquinas diseñadas para imitar exactamente la forma en que trabaja un ser humano dentro de sus fábricas.
Esos robots no se cansan, no necesitan dormir, no toman agua, no protestan, no reclaman sueldos.
Una vez que los compras, prácticamente no generan gasto y se mantienen solos.
Ellos mismos reemplazan sus baterías, se encargan de su lubricación, y en el momento en que uno aprende una tarea, esa información se transmite automáticamente a todos los demás robots, en todas las fábricas al mismo tiempo.
China planea implementar este sistema en cada una de sus industrias estratégicas.
Eso significa que no solo van producir más recuerdos baratos o mercancía menor, sino absolutamente todo: barcos, misiles, automóviles, drones, todo lo que se pueda imaginar.
No necesitan derechos laborales, no necesitan sindicatos, no necesitan negociaciones.
Los robots no se quejan. Y lo que harán es inyectar una fuerza brutal a su economía sin pagar salarios, porque fabricar estos robots humanoides es mucho más barato que crear y sostener a un ser humano.
A una persona hay que darle salud y educación a varios hijos, luego mantener a los padres y después esa persona entra al mercado laboral y empieza a pagar impuestos.
Todo ese proceso cuesta una fortuna. Con ese mismo dinero, ellos pueden desplegar cientos de robots, doscientos, trescientos sistemas cibernéticos trabajando sin parar."
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¿Es bueno todo esto? No necesariamente
¡Podría ser apocalíptico!
Pues la pregunta obligada es:
¿Que va a hacer el gobierno chino con los miles o millones de ciudadanos y jefes de familia DESOCUPADOS?
Diré de la música clásica, aquella gran herencia que ha dejado el arte occidental. Desde Guillaume de Machault en el siglo XIV hasta nuestros días, han sido creadas gran cantidad de obras productos de una sensibilidad, una esperanza y una mentalidad determinada por mil años de civilización.
Los fundadores de esta música occidental partieron del canto llano, un canto en decadencia escolástica: el solista ya desaparecía ante el coro y las incidencias instrumentales “contrapunteaban” las voces. La revolución consistía en usar los instrumentos como si fueran voces, pasarse a la “polifonía”, a dejar el ritmo “irracional” para adoptar el compás racional, a buscar la novedad ahí donde los antiguos querían fidelidad.
¿Fue esto bueno? Claro que si, pero sólo por la afirmación de la búsqueda curiosa de los hombres, ya que en el arte no hay mejor o peor, sólo diferente.
Años después, por el año 1600, como una reacción contra la polifonía que había venido a ser excesiva y por lo tanto decadente, surgió la ópera como un movimiento intelectual y aparentemente elitista, pero que tenía sus raíces en los madrigales populares. Surgieron entonces los nombres de Palestrina y Monteverdi como los campeones de un barroco temprano que volvía los ojos a los modos clásicos de la Grecia antigua.
Esto también fue una revolución que ya no se repetiría hasta principios del siglo XX, pues desde entonces los cambios se dieron paulatinamente, como aportación de hallazgos estéticos que se sumaban a aquellos en uso. Johann Sebastian Bach, Haendel y Vivaldi no crearon una nueva época, sólo enriquecieron con su armonía las viejas melodías y ritmos para llevar a su esplendor al barroco a mediados del siglo XVIII, esplendor que en parte dependía de la libertad para ejercer la música.
Los clásicos tomaron la dinámica, desarrollada por los hijos de Bach y sus amigos en la última parte de ese siglo de las luces, volvieron por los fueros de la melodía, usaron de la polifonía lo que les convenía y suavizaron los ritmos barrocos, herederos de la antigüedad. Crearon así la música perfecta, absoluta, de equilibrio entre sus diferentes elementos, que no quiere decir nada más que música, que no se puede traducir. Haydn, Mozart y el joven Beethoven así la hicieron, aunque por muy poco tiempo, no más de cincuenta años.
Porque dos de ellos mismos, Mozart y más que nadie Beethoven, la habrían de llevar a significar los goces o las tormentas del alma, que esta es la marca de la romántica, aunque los técnicos dicen que es el predominio de la melodía. Pero se perdió la libertad de expresión de su sensibilidad; y hasta hoy, el ejecutante lucha cada vez por manifestarse a través de las obras románticas.
En este devenir surgieron los impresionistas franceses, que de la pintura tomaron no solo el nombre, sino el color. Así como Monet, Cezanne o van Gogh cambiaron el dibujo por el color, Debussy y Ravel cambiaron el ritmo por una armonía tan rica, tan nueva, tan suave y natural, que solo se puede comparar al color. Fueron los pintores de la naturaleza, pero de la emotividad de la naturaleza.
La última revolución ocurrió a principios del siglo XX, cuando los artistas, decepcionados por una humanidad que había traicionado sus mejores ideales para despeñarse en la locura de la Primera Guerra Mundial, llevaron a la música por rumbos aparentemente caóticos y nihilistas, que solo reflejaban un asco por lo ocurrido. Así, dolorosamente se dio el modernismo, que, a través de sus dos corrientes hijas, el atonalismo y el neoclasicismo, habría de crear las obras maestras de nuestros tiempos.
Vivimos en el final de la historia. Con nosotros, todos los ciclos se cierran. No sabemos lo que habrá de suceder continuando la historia de la música clásica.
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NB. Esta entrada es de autoría mía, pero no es nueva, es viejilla. Sirvió como introducción a un libro mío, no muy gordo, hecho con algunas de las entregas semanales que por más de veinte años mantuve en los tres diarios impresos que entonces existían en Morelia. Se publicó por Amazon y actualmente sigue en venta en línea. El título es Algo de Música. Se los recomiendo, está bien.