| Arthur Honegger 1892 - 1955 |
El pasado fin de semana, el viernes 18 de septiembre, se dio el concierto regular de temporada de la Orquesta Sinfónica de Xalapa correspondiente a la semana que ayer terminó. Fue con director invitado, el maestro José Luis Castillo, que actualmente está al frente de la Orquesta Filarmónica de Jalisco.
El programa abrió con una pieza breve de Ana Lara, Canticum Sacrum (2000), para continuar con la Sinfonía No. 8 (1812) de Beethoven y cerrar con la Sinfonía No. 3, llamada Litúrgica (1946), de Arthur Honegger. Fue la mar de interesante. Y lo fue, pues se prestó a comparar piezas sinfónicas de músicos notables, que hicieron música equivalente compuesta con siglo y medio de intermedio: Beethoven y Honegger. La pieza de Ana Lara no entró en esto.
Y esta comparación surge, en este caso, entre las opiniones opuestas en la familia entre los mayores y los menores; los padres y los hijos. Aclaro que los hijos son más tolerantes al discutir que los padres, en caso de opiniones divergentes.
La posición inicial de los mayores fue que estaríamos en el teatro hasta que terminara Beethoven. Después nos saldríamos, pues no toleraríamos a Honeger después de Beethoven, pero no tendríamos como irnos a casa, que dista seis kilómetros del teatro y sería injusto pedirle al hijo que nos llevara y dejara colgado a Honegger. Que lo esperáramos en el vestíbulo del teatro a que escuchara a Honegger no lo aceptaría él.
Escuchamos entonces grabaciones de las obras de Beethoven y de Honegger y nos dimos cuenta que no se llevaban tan mal. Decidimos quedarnos a escuchar el concierto completo. ¡Qué bien nos resultó!
Porque la Octava Sinfonía de Beethoven, si bien no es lo espectacular de la Tercera, la Quinta o la Séptima, es un compendio moderno y no muy largo de la sabiduría y el sentimiento de su autor, manifiestos en una obra especialmente íntima para los suyos, aquellos que amamos su obra y nos acercamos a ella en todos los momentos propicios, para fortalecer el humanismo que nos acerca a los buenos.
Y la Sinfonía 3 de Honneger no es horrible y ni siquiera fea. No tiene el lirismo que la incruste en nuestra memoria ya desgastada por los años y en nuestro gusto ya antiguo, pero no fue molesta y en ningún momento me arrepentí de haberme quedado a escucharla. A los ochenta y nueve años de edad seguí descubriendo belleza, lo cual es característico de los jóvenes.
¡Que bien me siento! Me siento joven y en una de esas nunca muero. ¡Hayyy!