En el jardín del pueblo...
| Soy curioso, pero ... |
¿Quieres entrar?
| ... ¡hay que cruzar la calle! |
| Pueblo grande, más iglesias... |
Hace años, cuando era yo maestro de neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana y también periodista del mundo musical que me rodeaba, se me acercó un alumno y me espetó de frente: "Maestro, ¿por qué no nos da una conferencia para que nos explique la música clásica?" Tratando de responder tan rápido como me preguntó pensé si ¿yo podría explicar la música clásica?, y rápidamente concluí que no. Entonces me pregunté si los músicos o los filósofos podrían hacerlo, y bueno, estas inquietudes fueron la respuesta a mi pregunta:
"Todo arte es un sistema de comunicación entre un emisor, el artista, y un receptor que es el público, individual o colectivo. La música, como arte que se da en el tiempo, requiere de un intermediario, el intérprete. El receptor utiliza, como forma de conocimiento, la sensibilidad, es decir, el conocer y reconocer en la mente a través de los sentidos; y ese conocimiento puede ser total sin necesidad de ser matizado por la razón o la ciencia. El emisor del mensaje, el artista, adquiere buena parte de su conocimiento por la intuición, ese casi mágico proceso que explica la inspiración; pero para la creación de la obra de arte es más importante que la inspiración, el trabajo basado en la razón y en el dominio de una técnica. La respuesta estética es filosófica y el oficio de hacer las cosas es una técnica. El intérprete usa todas las formas del conocimiento, hasta la fe.
Es claro, entonces, que tanto el creador como el intérprtete requieren de un estudio aplicado para hacer su trabajo dentro del arte; el público NO. A él le toca sentir si la obra le gusta o no. No requiere estudio, pues la obra de arte no se juzga por su bondad o maldad como otros actos humanos. Tampoco se le califica conforme a una escala establecida de valores; lo que importa es que impacte, que llegue a las áreas sensibles y emotivas del cerebro del receptor y que ahí genere "algo", que puede ser belleza. Y digo que "puede ser", porque la belleza, si bien es un elemento buscado, no le es indispensable; lo esencial es que dé la comunicación entre el emisor y el receptor, de tal manera que éste "sienta" que algo cambió en su vida cuando recibió el mensaje estético. Este fenómeno no se puede poner en palabras.
Entonces, parecería que las conferencias y libros que explican el arte son inútiles y que, quizá, hasta estorbaran la sensibilidad. Pero es un hecho que el fenómeno estético parece darse mejor en quienes más se han expuesto al pensamiento filosófico de los artistas y que mejor conocen los intríngulis técnicos para darle forma al arte. Sucede que este conocimiento extraordinario, extraordinario porque no es necesario, crea una apertura de los poros sensibles del receptor. Se presenta al arte con una actitud diferente, enterada, no para entenderlo, porque el arte no se entiende y menos se explica, sino para dejarse penetrar por su mensaje misterioso. Y en su mente ocurre, mejor y con más intensidad, el íntimo y personal develamiento del arcano.
Esta educación implica un cambio de actividad receptiva, por lo que existe el riesgo de destruir con ella la inocencia no prejuiciada que garantiza la recepción, sin trabas, del mensaje. Es por ello que es grave responsabilidad escoger a los conferencistas que explicarán la música. Ellos deberán informar bien de los problemas técnicos de hacerla, pero ser muy cuidadosos al emitir juicios sobre los planteamientos estéticos, es decir, sobre la razón de ser de cada obra y lo que se debe de sentir con cada obra. Porque en última instancia, sólo el autor conoce la razón, pero ni el autor puede adivinar que emociones generará en cada escucha. Y como dijera Silvestre Revueltas y como alguna vez se lo escuché a Gutiérrez Heras: "Si yo pudiera expresar mis ideas con el verbo, utilizaría el verbo y no la música."
| Alfonso Reyes (1889 - 1959) por David Alfaro Siqueiros, 1960 |
Estoy en la magnífica edad de la senectud. Está corriendo mi año noventa y me siento bien; estoy bien, en lo físico, en lo mental y en lo anímico. Somos pocos con tantos años y en buenas condiciones, físicas y mentales, sociales y sentimentales. Ya no trabajo para vivir y estoy pensionado; tengo lo suficiente para vivir sin lujos, pero bien para mi edad; creo que de nada me privo de lo que ahora me toca tener y hacer, y disfruto a plenitud lo que más tengo, que es felicidad; amor también.
Mi familia nuclear es maravillosamente buena y linda y compartimos mucho: la esposa; los hijos, hombre y mujer; la nuera, estupenda mujer; y el nieto, ya todo un adolescente mayor, si no es que ya un joven guapo que dos metros mide y desborda bondad y cariño. Todos vivimos en el mismo municipio, aunque en diferentes ... "sectores del municipio": la montaña, el "pueblo mágico" y una linda colonia de trabajadores.
¡Y que bien vivimos! Cerca todos, para acompañarnos y cuidarnos; lejecitos todos, para no estorbarnos ni fastidiarnos.
Y ahora y aquí, ¿que hago?: "Pues..., querer mucho y más que nunca a los míos, quererme yo y consentirme, estar al tanto de la vida del mundo, que ahora es muy fácil, y compartir con ustedes y con quien se deje, mis pensamientos y sentimientos a través de este blog, que ya lleva sus años".
He emprendido la lectura de Memorias de cocina y bodega, de Alfonso Reyes, lectura que tengo pendiente desde hace años. Espero no morirme antes de terminarla. Así será y ya pronto se las contaré. Abur...
| Golden Gate Bridge en el estado de California, USA. |
El azar y mi pasión por la música me han traído a esto de escribir del arte, oficio al parecer tan alejado de mi formación profesional. No me siento un intruso, pues lo hago desde el punto de vista del público profano y no del artista, y tratando de hacerlo cada vez mejor, he buscado conocer algunos aspectos técnicos y teóricos de la música.
Pero esto no basta, pues pronto se da uno cuenta que el arte es algo más que una técnica si ha de ser algo más que una artesanía. Entonces se buscan respuestas en la estética, tan huidiza como su madre, la filosofía, de nuestro pensamiento no educado. Pero hay que tratar de ella, pues es la que versa sobre la belleza y el arte.
¿El arte o las artes?, pues no tengo claro si es uno, en singular y masculino o son varias, en plural y femenino. La Catedral de Florencia es una obra de arte, como también lo son El Pensador de Rodin, Los Borrachos de Velázquez, El Quijote de Cervantes, los Veinte Poemas de Amor de Pablo Neruda, la Danza de Isadora Duncan, la sonata Apassionata de Beethoven, El Acorazado Potemkin de Einsenstein, Las Dos Fridas de Frida Kalo. ¿Son sus semejanzas o son sus diferencias las que hacen que creaciones tan diversas sean todas obras de arte? ¿Es acaso que el arte es lo que queda cuando a sus obras se les despoja de la forma externa? ¿Que es lo común, entonces, a todas ellas?
No parece ser la belleza, aunque no le estorba. Su presencia facilita el acceso al arte, pero es una circunstancia secundaria e imprecisa, pues parece ser la más subjetiva de las abstracciones humanas. Pero aunque así no fuere, no todo lo bello es obra de arte; y las "pinturas negras" de Goya son feas, pero ante su presencia queda la conciencia de estar ante una obra de arte.
¿Que es lo común al Partenón, a las Piedades de Miguel Ángel, a los paisajes del Valle de México de José María Velasco, a los poemas de Federico García Lorca o a la Quinta Sinfonía de Shostakovich? Ante cualquiera de estas piezas, la mayoría de los hombres nos conmovemos y, aún sin saber porqué, afirmamos que "son" obras de arte.
Es este último verbo el que señala la condición primera común a todas ellas. Son criaturas, son seres con existencia propia y presencia física, independientes de las de su creador. Si en un cuarto con un piano estamos solos un amigo pianista y yo y empieza a tocar la Sonata Patética de Beethoven, después del tercer compás estamos tres en la sala: mi amigo, la Patética y yo, pero no Beethoven. El arte es, primero que nada, una actividad instauradora. La ciencia investiga y modifica; el arte crea.
El arte es intencional. No se da en forma casual ni es producto de serendipia. El creador es un experto dominador de las técnicas; no hay fortuna en su creación, hay trabajo. Y el creador es siempre un hombre, pues no hay arte de la naturaleza. Es obra de arte un árbol bonzai que el paciente artista japonés ha formado en muchos años. No es obra de arte el altivo roble que imponente y bello crece en una verde ladera. Como no es obra de arte el glorioso paisaje de un atardecer en el campo, pero sí lo es el Molino de Rembrandt. Los pájaros no cantan con arte; Vivaldi y Beethoven, cuando los imitan en sus orquestas, sí.
El arte no es utilitario. A nadie le ha servido que exista la música de Chopin, que Murillo haya pintado muchas Asunciones, que Juana de Asbaje haya escrito sus Décimas, que exista el decorado de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel o la Victoria de Samotracia. El arte no sirve para nada, es suntuario, y en esto se parece al juego, aunque el juego se agota en hechos que no crean ninguna entidad establecida. Se dirá que el Golden Great Bridge, ese hermoso puente que cruza sobre la Bahía de San Francisco, es una obra utilitaria. Lo utilitario es el puente, como cualquier otro; no el Golden Gate Bridge, que es único. Es una obra de arte en un objeto que sirve; están unidos, con razones de ser distintas.
El arte se percibe primeramente por los sentidos; es sensual, es emotivo, y la razón, contrariamente a lo que sucede con la ciencia, estorba para su aprehensión, por lo menos en un principio. El arte no se entiende, se siente. El conocer los detalles de la técnica o el programa motivacional, ampliará el campo sensual, pero el fenómeno estético siempre será emocional, no intelectual.
Finalmente, el artista en cada obra expresa su convicción filosófica. Ninguna de sus creaciones está huera de ideología; todas conllevan un mensaje. Si así no fuera, por eso solo se descalificaría como obra de arte y, si acaso, se situaría como una pieza de artesanía.
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Este artículo se publicó primeramente en el año 2008, en un libro de mi autoría que se llama Algo de Música, que se publicó en español en los Estados Unidos de Norteamérica.