| Sor Juana Inés de la Cruz 1651 - 1695 (No está equivocada la fotografía; es ella, Juana de Asbaje) |
Esta entrada sale diferente de lo que originalmente se planeó. Tomando el modelo de la entrada dedicada a Alexandr Nevsky, haría yo una exposición biográfica, mediana de extensión, de Juana de Asbaje, que con ese nombre fue bautizada Sor Juana Inés de la Cruz. A continuación, terminaría yo la entrega con un par de sus poemas, quizá de los más conocidos. Pero eso se me presentó más difícil y menos lucido que en el caso del héroe ruso. Decidí entonces hacer la entrada solo con poesía de la Décima Musa. Salen tres sonetos amorosos que no tienen título y son magistrales. El último explica, en catorce versos, su vida entera.
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Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
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Que no me quiera Fabio, al verse amado
es dolor sin igual en mi sentido:
mas, que me quiera Silvio, aborrecido,
es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida;
si de éste busco el agradecimiento,
a mi me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.
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Le dió la hermosa juventud sus flores:
Era bella y gentil; su gallardía
Allí en la corte virreinal lucía
Hiriendo pechos, inspirando amores.
Brillaban en sus sienes los fulgores
Del sacro fuego que en su mente ardía,
Y nunca el ave remedar podía
Las notas de sus cantos seductores.
Y cuando más el pueblo mexicano
Sus gracias, su virtud y su talento
Lleno de orgullo proclamaba ufano,
Dominada de oculto pensamiento,
Teniendo, acaso, horror al mundo insano,
Ocultose en las sombras de un convento.
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