| 1797 - 1828 «¡En verdad, la chispa del genio divino reside en este Schubert!». Beethoven dixit en su lecho de muerte en Viena, en 1827. |
Pocos genios en la música han sido tan tempranos, notables y evidentes como Franz Schubert; pero menos han sido los que han botado su genio a la basura de la muerte temprana, como Franz Schubert lo hizo.
Esta entrega está pensada desde hace tiempo. Ahora está hecha hace unos días a raíz del concierto de la Orquesta Sinfónica de Xalapa el pasado viernes 10 de abril en la Sala Tlaqná. Para cerrar ese programa se dio la Tercera Sinfonía de Franz Schubert. Fue la joya excelsa en un programa que incluyó otras dos piezas, de Haydn y de Vanhal, más o menos contemporáneas a la de Schubert.
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Franz Schubert (Viena, 1797 - 1828) ha sido el compositor de música de espíritu más claro y luminoso que ha compartido su obra y su sentir con el universo humano que ama ese arte. He tenido la fortuna en la vida de pertenecer a ese universo y quizá sea Schubert mi ser más querido dentro de ese mundo universal que es la música. Esta la cultivó desde sus primeros años de vida hasta pocos días antes de morir. Fue reconocido entonces, pero nunca fue exitoso. Su timidez lo limitó.
Su certificado de defunción, a los treinta y un años de edad, asienta que la causa de muerte fue Fiebre tifoidea. Desde entonces, nadie lo creyó. Murio por sífilis y siempre se dijo que la había adquirido de una camarera de un hotelucho provinciano, a donde fue a parar una noche durante una gira artística por la provincia austriaca.
Las cosas han cambiado. Ahora se dice que Schubert transitaba por una vida de doble carril. De día, era el músico tímido que tantos hemos amado por su música, incomparable y eterna; de noche era un truhán, que se movía intensamente en los mundos de las bebidas alcohólicas y la prostitución.
Dicen que de ahí agarró la sífilis que pronto lo mató.
¿Será? ¡Nadie lo sabe con seguridad!
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