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Soy Rogelio Macías-Sánchez, de tantos años ya, que se me permite no decir cuántos. Soy mexicano y vivo en México país, médico cirujano de profesión, neurocirujano y neurólogo de especialidad. Ahora y por edad, soy neurólogo y neurocirujano en retiro. Soy maestro de mi especialidad en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y un entusiasta de la difusión de la ciencia a la comunidad. Pero eso no es toda mi vida. Soy un amante fervoroso de la música clásica, actividad que fomento desde mi infancia. La vivo intensamente y procuro compartirla. Soy diletante en vivo y mucho disfruto, de la música grabada, mejor cuando es en compañía de almas gemelas para esto. Finalmente, amo la vida y la disfruto. Parte de ello es comer bien y beber mejor, es decir, moderado pero excelente. De aquí mi afición a los vinos y las cavas. Los conozco, los disfruto y me entusiasma compartir lo que conozco y lo que me gusta. Esta página pretende abrir una comunicación sobre los vinos, la música clásica y la neurología para profanos. Si es socorrida, el mérito será de ustedes. Diciembre de 2022

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lunes, 1 de marzo de 2021

LAS 11 CAPITALES MUNDIALES DEL VINO.



“Ten cuidado de confiar en alguien a quien no le guste el vino.” 

                                      Karl Marx.




El vino es el símbolo cultural más trascendente de la especie humana. Ningún otro descubrimiento o invento lúdico lo ha sido tanto en la historia del hombre. Para dejar clara mi opinión afirmo que es un descubrimiento, no un invento, y no se sabe cuándo ocurrió. Hay hallazgos irrefutables del uso de artefactos para su elaboración y almacenamiento desde hace milenios, pero aunque se pueden fechar con precisión aceptable, no indican desde cuanto antes el hombre lo había descubierto y disfrutado… o sufrido.

En entrada previa de este blog, de fecha 17 de agosto de 2020, dije: “la bodega de vasijas de vino más antigua conocida data del año 6,000 a.C., mil años antes del invento de la escritura. Está en Armenia y ella fue el indicio de vida civilizada de la especie Homo sapiens en ese lugar. ¡El vino es prehistórico!” Ahora, preparando esta entrada, encontré una cita que asegura que una hermosa vasija, contenedora de vino en su momento para la fermentación o guarda, encontrada en Georgia, es más antigua que las de Armenia, aunque le asignan ocho mil años de antigüedad, es decir, los mismos que las de Armenia.  No dicen cuantos poquitos años es más antigua y como le hicieron para contarlos. La pieza es muy hermosa, como se ve en la imagen, y el estudio químico de sus residuos asentados es incuestionable de que se usó para vino rojo.

Pero sea cual sea la más antigua, es evidente que los primeros indicios de uso del vino como bebida están en el Cáucaso, esa región excepcional que parece ser uno de los límites naturales entre Asia y Europa.


Mapa geopolítico de la región del Caúcaso.
Armenia y Georgia son vecinas.



A partir de ahí, y a través de caminos variados, lentos y complejos, la cultura del vino se extendió, literalmente, a todo el mundo. El camino más ancho y poblado para esa difusión lo crearon y usaron las legiones romanas infiltradas por los primeros cristianos, que necesitaban el vino como elemento ritual. A las conquistas militares de Roma iban romanos originarios y cristianos y así llevaron la civilización latina, la religión cristiana y el vino a la Iberia (7) (Portugal y España), a las Galias (7) (Francia), a Germania (7) (Alemania), Rumania (7) e Inglaterra (7). Después, como mil doscientos años después, se llevó toda esta cultura a América, Oceanía y muchos lugares más, imponiéndola a sangre y fuego.

Han pasado cientos de años y la cultura del vino se convirtió en industria y ésta en gran negocio. Hay en el mundo decenas de miles de viñedos y plantas vinificadoras. La variedad de vinos es increíble y la cantidad de aficionados al vino lo es más. De todo esto surgió también el enoturismo, el turismo a los viñedos, cavas y vinificadoras a escala mayor. Así se integró, en 1999 la Red Mundial de Grandes Capitales del Vino, que pone en su cuadro de honor a las diez ciudades capitales del vino que más se distinguen por estimular el enoturismo con instalaciones y programas atractivos. Habían sido siempre diez ciudades y algunas perdían el título al cabo de un año y eran sustituidas por otras. Siempre fueron diez hasta 2020, en que ninguna perdió su categoría y se agregó una onceava, Ciudad del Cabo en Sudáfrica. Así estamos ahora y estas son las once Ciudades Capitales del Vino en el mundo y año actuales.


1. Burdeos, Francia, en el suroeste del país, gran puerto fluvial a orillas del río Garona. Ciudad que nunca perderá su título y podría ser nombrada con justicia La Ciudad Capital del Vino en el Mundo. Sus vinos tienen prestigio universal desde hace siglos y los hay muy caros, pero tiene también vinos baratos y malos. Los vinos más caros de Francia son de Burdeos.


2. Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Es la capital legislativa del país y la principal atracción turística del mismo. Su cultura, plenamente europea con fuertes toques nativos, fue llevada desde el siglo XVI por los conquistadores holandeses e ingleses, que crearon la gran colonia de Sudáfrica. Parte de esa colonización lo constituyó el vino, el cual, en la actualidad, es parte importante de la economía local. Hacen, consumen y exportan gran cantidad de todas las variedades y calidades. Nunca he bebido vinos de Sudáfrica.

Uvas y canguros

3. Adelaide, Australia meridional. Australia es, también, de cultura inglesa muy antigua, y también con toques nativos, aunque menos notables que en Sudáfrica. La cultura del vino fue introducida, desde luego, por los ingleses conquistadores y actualmente es muy importante en la región y en el país. Tampoco he bebido vinos de Australia.




4. Valparaíso y Valle de 

Casablanca. Es la capital chilena del vino, de historia antigua y gran tradición. La cultura del vino fue llevada por los españoles en su conquista desde el siglo XVI. Sus vinos son apreciados en el mundo y constituyen un capítulo importante de su economía, interior y exterior.

5. San Francisco y Napa Valley, EUA, tienen la industria vinícola más importante de América; California sería el cuarto mayor productor de vino en el mundo si fuese una nación. En 1769, el padre misionero franciscano Junípero Serra plantó el primer viñedo de California en Misión San Diego de Alcalá. La variedad sembrada presumiblemente descendió de anteriores plantaciones mexicanas que se conocían como la Misión de uva. Ahí se producen vinos de primera calidad mundial y de todas las variedades existentes en el mundo.


6. Porto, Portugal. Famoso por su vino generoso (de hasta 20% de alcohol), el Oporto, que se produce en la región dicen que desde hace dos mil años. Hay Oporto rojo y Oporto blanco y los dos son magníficos. La vid se siembra en terrazas muy empinadas siguiendo el curso del Río Duero. 


7. Bilbao – Rioja, España. La Rioja es una comunidad autónoma española, castellana, cuya capital es Logroño, pero como región vinícola se extiende un poco al norte a las comunidades de Navarra y el País Vasco. Está vertebrada por el Río Ebro y sus siete afluentes, que la dividen en siete valles. Es la más afamada región vinícola de España y con razón; sus vinos son de primerísima calidad y se disfrutan en todo el mundo. Por la pequeña parte que de La Rioja le toca al País Vasco, es que Bilbao llegó a ser una de la capitales mundiales del vino.

8. Mendoza, Argentina. La ciudad y la región vinícola de Mendoza están al pie de los Andes, en una latitud central de Argentina, ni al norte ni al sur, en el centro del país. Tiene muchos años de hacer vinos y muy buenos, y con justicia se incluye en la Red Mundial de Grandes Capitales del Vino. Su nombramiento es antiguo, indiscutible y nunca lo perderá. La calidad de sus vinos la respalda sobradamente.

9. Mainz Rheinhessen, Alemania. Vagar por pueblos y ciudades del valle del Rin, detenerse en paraderos camineros y probar variedades “de la casa” del muy famoso vino del Rin, es una experiencia única e inolvidable. Vino blanco moderno, blanc de blancs de uva Riesling, amarillo muy claro con tonos verdosos, ligero y afrutado. Este es otro destino que no podrá faltar nunca en el enlistado de Capitales Mundiales del Vino.

10. Lausana, Suiza. La verdad es que antes de planear esta entrada yo no sabía nada de vinos suizos y no imaginaba que hubiera en ese hermoso país una ciudad incluida en la Red Mundial de Grandes Capitales del Vino. Es más, aunque he estado en Suiza, creo que nunca he probado un vino de ahí. Pero bueno, ahí está Lausana, aceptada en la Red a principios de 2018, conceptuada por la revista Forbes como la región vinícola más hermosa del mundo, que data del Medioevo, pues el vino fue introducido por los romanos invasores en los primeros siglos de nuestra era. Deben ser buenos sus vinos, pero no me consta.


11. Verona, Italia. Perla magnífica de la región toscana, la ciudad de Romeo y Julieta, ciudad de soberbia ópera de verano y de bebedores de los riquísimos vinos de sus valles, de los que quiero destacar el Bardolino y el Valpolicella (este nombre significa “valle de muchas bodegas”). Inolvidables.



F  I  N

jueves, 25 de febrero de 2021

INTERMEZZO 12. DE LA VEGETALIA DE MI COLONIA 4.





En el Intermezzo 9, de fecha 14 de enero, publiqué esta fotografía con el texto:

Hojas que parecen flores al trasluz











                          Mes y medio después, 

                              Ahí están sus flores




















Estas son sus flores






















                            Estas son vecinas























Flores de un agave urbano






                       
                    



                      Centinelas alerta...



















...y buganvilia escondida.











               Preciosas omnipresentes,

















la rosa consentida y







                                                anochecer desde mi colonia.



lunes, 22 de febrero de 2021

DEL GÉNERO "MÚSICA DE CÁMARA"

De los cinco sentidos: El oído
Pedro Pablo Rubens y Jan Brueghel, El viejo, 1617

En entradas anteriores pero recientes de este blog, he dicho DEL GÉNERO “SINFONÍA” EN LA MÚSICA CLÁSICA y DEL GÉNERO “ÓPERA” EN LA ARTES. En esta ocasión digo DEL GÉNERO “MÚSICA DE CÁMARA”.


La música de cámara comparte con la sinfonía el ser un género clásico, vienés de origen y modo espléndido de comunicación de ideas y emociones. Data del 1800, más o menos, y su mayor desarrollo lo consiguieron los románticos.

Trío de piano:
Piano, violín y violonchelo
Es idea común que “música de cámara” es aquella que se interpreta por conjuntos pequeños, que caben en un recinto pequeño para ser escuchada por un público también pequeño: de uno a veinte músicos, es decir, desde un solista hasta una orquesta de cámara. Así entendida, casi toda la música hasta la época barroca fue de cámara, pues los conjuntos musicales disponibles eran pequeños y no se acostumbraban los teatros para música que no fuera ópera. Pero ahora no es estrictamente así.

Quinteto de alientos:
flauta, oboe, clarinete, fagot y corno francés.

Como la sinfonía, la música de cámara surgió cuando los músicos hicieron de su arte el modo de comunicar ideas y sentimientos y no sólo de diversión. Pero hubo muchos, y los sigue habiendo, que prefirieron los pequeños conjuntos para verter en ellos su intimidad. La condición fue que los diferentes instrumentos dialogaran entre sí en igualdad de jerarquía y que no sólo se acompañaran o formaran un coro. Goethe dijo: “Como una conversación entre personas inteligentes y educadas”. Esto no ocurre en el concierto de un solista, que más recuerda una brillante pieza de oratoria. Hay musicólogos que no incluyen en la música de cámara las obras para dos instrumentos, pues consideran que muchas de ellas son para un solista lucidor acompañado. Son conjuntos de cámara los tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, septetos o septiminos, octetos y nonetos, de casi cualquier combinación instrumental. De más instrumentos no conozco y una orquesta de cámara no hace música de cámara en el sentido que venimos explicando; suelen ser pequeños coros de voces instrumentales diferentes pero afines. La música de cámara es obligadamente dialéctica en el sentido de la primera acepción de esta palabra: el arte de dialogar, argumentar y discutir. La música de cámara es dialéctica y de intimidad.

Cuarteto de cuerdas:
Violín I, violín II, viola y violonchelo.
La música de cámara también surgió con Franz Joseph Haydn (1732-1809), quien además tuvo la gracia de “inventar” el cuarteto de cuerdas (violín primero, violín segundo, viola y violonchelo) como el conjunto príncipe de la música de cámara, que cubre toda la gama tonal de la música y la emocional, además de sus casi infinitas posibilidades armónicas. El género lo desarrollaron enormemente los clásicos que compartieron con Haydn, Mozart y Beethoven, y los románticos lo llenaron de emoción infinita hasta convertirlo en el arte mayor de los hombres, aquel que los coloca más allá de los dioses.

Como buena nueva, rápido se dispersó por todo el mundo la música de cámara y hasta nuestros días. Y melómanos habemos quienes, cuando estamos en grave abstinencia de música, la que más extrañamos es la de cámara.

Septimino o septeto (Beethoven):
Violín, viola, violonchelo, contrabajo,
clarinete, fagot y corno francés.








jueves, 18 de febrero de 2021

INTERMEZZO 11. DE LA VEGETALIA DE MI COLONIA 3.






Hermosa vegetalia en un atardecer de invierno










¡Han nacido en mi acera tres arbolitos...!



























Bella alfombra vegetalia









































Escapando de la cárcel



























































Paisaje sobrecogedor y hermoso














lunes, 15 de febrero de 2021

EL DOLOR Y EL DOLOR DE CABEZA

 

Corte sagital de la cabeza de un hombre

El dolor de cabeza, que los médicos llamamos cefalea, es el síntoma más frecuente en la humanidad y probablemente fue el primero que padeció hombre alguno, si nos referimos al relato bíblico consignado en el Génesis. Se refiere que cuando en la tierra sólo existían cuatro humanos, Adán, Eva y sus dos primeros hijos, Caín y Abel, sin que se diga porqué, Caín mató a Abel golpeándole la cabeza (traumatismo craneoencefálico) con una quijada de burro, lo que seguramente provocó cefalea antes de morir al pobre Abel. No hay constancia de que antes de eso algún miembro de la precaria humanidad de entonces se haya quejado de dolor alguno.

Pero aquí no estamos para referir hechos legendarios en relación con el dolor de cabeza, sino para tratar de entenderlo, para lo cual es necesario, antes que nada, entender el dolor en general. Casi toda la humanidad ha padecido alguna vez algún dolor y es el motivo más frecuente de consulta al médico. Casi siempre va acompañado de preocupación por una sensación de peligro; el dolor funciona como una alarma.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP por sus siglas en inglés) dice: “El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a un daño tisular (de algún tejido), real o potencial, o descrita en términos de dicho daño". El dolor es una sensación desagradable que indica un daño real o posible.

Si el dolor es una experiencia sensorial, es un sentido, como los cinco que describió Aristóteles: olfato, vista, oído, gusto y tacto, más los posteriormente agregados: la propiocepción, la vibración y la orientación espacial. Para que alguna estructura de nuestro cuerpo duela se requiere que el órgano o tejido afectado tenga receptores sensibles al dolor y que el estímulo doloroso sea el apropiado para sentir dolor. Ejemplos: El corazón duele cuando una parte de éste se queda sin sangre (isquemia), como en el infarto. No duele si se le pellizca o calienta. La piel duele si se le pellizca, corta o quema y no cuando sufre de isquemia. Pero en los dos casos es una señal de alarma, de que algo anda mal y necesita atención.

La cefalea es dolor de cabeza y es un dolor muy complejo de entender, lo que hace difícil su diagnóstico y manejo por los no entendidos. Las razones son las siguientes:

1. La cabeza está constituida por diferentes tejidos, de los cuales unos son sensibles al dolor y otros no. Los que son sensibles al dolor, el tipo de estímulo que lo desencadena es diferente. El encéfalo (cerebro, cerebelo y tronco encefálico), que representa el mayor volumen en la cabeza, no duele, no es sensible al dolor, hágasele lo que se le haga.

2. Los vasos sanguíneos (arterias y venas) duelen, son sensibles al dolor. Las arterias duelen cuando se dilatan; las venas cuando se traccionan.

3. Las meninges, que son las cubiertas del encéfalo, algunas duelen y otras no. Las que sí, son sensibles a la inflamación, la infección.

4. Los músculos de la cabeza duelen por contracción sostenida, lo que suele darse por estados de tensión nerviosa, pero pueden ser otras razones.

5. Sólo tres de los doce nervios craneanos duelen.

6. Los huesos de la cabeza, del cráneo y de la cara, no duelen.

Y cada una de las estructuras que duelen en la cabeza lo hacen en forma diferente; el dolor de cabeza no es igual en todos los humanos que la padecen. Hay quienes sienten que la cabeza les estalla, a otros les pulsa y otros más sienten cansancio en la nuca. En unos es leve y tolerable, en otros es incapacitante. Hay quienes sólo tienen cefalea y hay en quien se acompaña de vómito, de enrojecimiento facial o de síntomas de deterioro de la función del encéfalo, como torpeza mental, debilidad de alguna parte del cuerpo, dificultad en la visión, etcétera. Algunos se quejan de dolor en toda cabeza, otros en sólo una parte, la mitad, adelante, atrás o en la nuca.

La cefalea no es una enfermedad, es un síntoma, y por lo tanto puede ser provocada por muchas causas, desde una simple cruda, desvelo o hambre hasta un tumor dentro del cráneo; desde tensión nerviosa o migraña hasta una hemorragia cerebral y así, así y así. En la mayoría de los casos la cefalea es benigna, pero en diez de cada cien sufrientes es el aviso de algo grave, tan grave que puede matar a corto plazo, como un tumor dentro del cráneo, una hemorragia o un infarto cerebral, meningitis, hipertensión arterial, etcétera, etcétera, etcétera.

Es por esto que los pacientes con cefalea deben ser vistos y estudiados con mucha atención por los médicos y no como se hace muchas veces. Yo estoy convencido de que en México la mayoría de las cefaleas se atienden, diagnostican y tratan los domingos en la mañana, en el atrio de las iglesias, a la salida de la misa del medio día. Los conocidos se reúnen a platicar de fútbol o de cualquier otra cosa; se acerca Christopher, doliente de cefalea, y le dice a una participante en el cotorreo:

- ¡Ayy Chulis! Tu que eres doctora, ¿qué me das para el dolor de cabeza que traigo?

- Tómate un ketorolaco y se te quita pronto. Oye, no se traga, es debajo de la lengua.

- Gracias Chulis.

Y Christopher se va encantado de la vida porque la Chulis ya lo curó.

Desde luego que la Chulis no interrogó nada acerca del dolor, no exploró al pobre doliente buscando signos de mala enfermedad, no le tomó la presión arterial ni propuso estudio alguno de gabinete para buscar la causa. Puede ser que Christopher se cure, pero es posible que regrese en un par de semanas con la Chulis y la increpe:

- ¿Sabes qué? Tengo un tumor en el cerebro y me operan mañana.

La Chulis se quiere morir (sólo por un rato), pero eso no remedia nada; el que se puede morir es Christopher y la Chulis tiene la culpa.

NO HAY QUE SER COMO LA CHULIS NI COMO CHRISTOPHER.

lunes, 8 de febrero de 2021

DEL VINO, USOS Y COSTUMBRES.


Sommelieres es una palabra francesa, plural de sommelier, cuya traducción al español es “sumiller”, palabra fonéticamente fea. La Academia de la Lengua prefiere esta forma a la grafía francesa o la adaptación moderna en español, “somelier”, que sin embargo se usan más porque son, fonéticamente, mejores. En esta entrada usaremos “somelier” y “somelieres” para el plural.

Ahora bien, el diccionario de la Academia de la Lengua define somelier: “Persona experta en vinos y licores queen los grandes hotelesrestaurantesetc., sugiere a los clientes la bebida apropiada para la ocasión”. Pero no se conforman en recomendar “el que”, sino que se confieren autoridad sobre todo lo de “el cómo”. Su tono es: “debes tomar tal vino, a tal temperatura, en tal copa y ésta la debes tomar de la base y manejarla así y asado. Además, lo debes hacer a tal velocidad y los buches en tu boca deben ser de tal magnitud y hacerlos que la recorran toda ella en tal secuencia. Si no lo haces así, caerás en la categoría de naco.” ¡Ayyy!

Soy un viejo aficionado al vino y con el adjetivo quiero significar que lo soy desde hace más de cincuenta años, en general, más que la edad promedio de los somelieres con que me he topado recientemente, ya sea en vivo o en línea.



Cuando yo inicié mi afición traté de instruirme en ella y herramientas vitales fueron buenos consejos de allegados y un gran libro que se llama “El gran libro del vino”, de origen francés en su traducción española. Me aplique a estudiarlo y no me lo aprendí “de machete”, formé mis propias ideas con la información de todas mis fuentes disponibles.





Desde luego, lo primero que aprendí es que hay tres grandes categorías de vino: el rojo, que en español se conoce como tinto, el blanco y el rosado. El tinto se hace de uva negra, morada o roja y se aprovecha el hollejo para darle sus características propias, entre otras, su inestabilidad. El blanco, en general, se hace con las mismas uvas, a las que, de entrada, se les quita el hollejo. Para el rosado se inicia su proceso con el hollejo, pero antes de que termine la fermentación, se le retira. Hay vinos blancos que se hacen con uva blanca, con o sin hollejo; son los “blanc de blancs”.

Pronto aprendí también que el vino tinto va con comidas fuertes: carne roja y jugosa, quesos fuertes, duros y viejos, embutidos, pescados de carne roja, como el atún, y así. Que los blancos van con carnes blancas como el cerdo (que es rosada más que blanca), pollo o pescado, quesos suaves y postres, mejor estos si no son chocolatosos. Del vino rosado yo nunca he encontrado con que va, salvo algunos postres; sin embargo, hace muchos años estuve en un banquete de bodas de gente rica, con una cena de tres tiempos variados y complejos, que toda se sirvió con un Rosé D’Anjou.

De mis conocimientos básicos de hace medio siglo, era el saber la temperatura a que debían servirse los vinos. El blanco, desde luego, era frío; debía estar en el refrigerador desde días antes para sacarlo y abrirlo al empezar la comida que acompañaría. El rojo, en general se recomendaba que saliera de una cava fresca pero no refrigerada y que un par de horas antes de descorcharlo para acompañar la comida, se llevara al comedor para “chambrearlo” (del francés chambre: habitación), es decir, ambientarlo, elevar la temperatura del vino a la temperatura de la habitación donde se bebería. Media hora antes de servirlo, más o menos, descorcharlo para que se aireara, se oxigenara lentamente y mejorara. ¡Entonces estaba bien!



Se recomendaba, para todo tipo de vino que acompañara una comida, usar la copa tulipán, llamada así porque su cáliz recuerda la forma de esa flor característica de los Países Bajos; para el vino rojo un poco mayor que para el blanco. Se recomendaba servir en la copa hasta un poco menos de medio cáliz y para beberlo se podía tomar haciendo una concavidad en la mano donde reposara el cáliz o tomarla del tallo, nunca de la base; lo primero para calentar el vino tinto, lo segundo para no calentar el vino blanco. 

Había, y hay, otras recomendaciones a seguir, pero para fines de esta entrada, sólo diré de estas. Eran antiguas, de por lo menos cien años, que se hacían en tono de sugerencia, nunca de norma.



La primera ruptura de las normas es antigua y se resume en una frase que le escuché a una excelente cocinera: “El vino tinto va con todo”, y yo agrego: “el blanco también”. Porque el gusto por el vino es un fenómeno estético, no es ético. Si a mí me gusta el pescado, cualquiera que sea, con vino rojo, pues qué bueno; no hay norma que me lo impida ni razón para que se me critique o reprenda por ello. La enología es arte y ciencia y el vino es obra de arte, y me gusta o no me gusta, prefiero éste a aquel, pero no hay mejor o peor, sólo distinto, como distinto es mi gusto al del vecino cuando yo escojo un vino tinto para el pollo y él un rosado para un borrego, sin importarnos lo que digan los somelieres. Por cierto, los chiles en nogada son riquísimos con un vino rojo no muy fuerte, un Tempranillo de La Mancha, por ejemplo.



Por lo que se refiere a la temperatura de los vinos, han cambiado mucho las ideas en mis más de cincuenta años de gustador del vino. Ahora el vino rojo se sirve frío; indican los modernos somelieres que a 16 grados Celsius, ni más ni menos. Para ello, los industriales actuales fabrican cavitas portátiles refrigeradas que mantienen los vinos a esa temperatura y cuando se abren, están listos para beberse. 





Bueno, hay que oxigenarlos, pero rápido, y así se han diseñado los modernos oxigenadores del vino, que así se anuncian en las modernas páginas de tiendas en línea: “La cámara del decantador inyecta burbujas de aire directamente al vino, haciendo que libere su aroma y sabor natural. Puedes ver las burbujas de aire entrar al vino al momento de servirlo en tu copa”. ¡Qué horror y que ociosidad!




Y si a comparaciones vamos, los antiguos griegos de los cinco a seis siglos alrededor del nacimiento de Jesús de Nazaret bebían el vino en platos no muy planos, con asas laterales para tomarse con las dos manos. Si el vino se ofrecía en una comida importante, se calentaba y se mediaba con agua para mejorarlo. Hay constancia escrita y pictórica de esto y se conserva mucha vajilla vinífera de entonces. 


Más de veinte siglos del vino rojo caliente al vino frío; yo me quedo con el vino “al tiempo”, el de mi época, que no es mejor ni peor que el de antes o el de después, sólo diferente.

Para terminar, hablemos de las copas modernas. Sigue prefiriéndose la copa tulipán, pero ahora se aconseja muy grande y servir el vino en poca cantidad, con lo que queda claramente como asiento. Dicen los modernos somelieres que así se puede seguir aireando al moverlo onduladamente tomando la copa desde la base y moviéndola con suavidad. Y cuidado si en una reunión moderna se te ocurre tomar la copa tulipán por el cáliz en el hueco de la mano o tomarla por el tallo, pues quedas calificado, para los modernos somelieres, como un naco; yo se los he oído.

Hasta aquí la entrega de hoy; ya encontraremos más que comentar para otra que se ocupe del vino.