Acerca de mí

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Soy Rogelio Macías-Sánchez, de tantos años ya, que se me permite no decir cuántos. Soy mexicano y vivo en México país, médico cirujano de profesión, neurocirujano y neurólogo de especialidad. Ahora y por edad, soy neurólogo y neurocirujano en retiro. Soy maestro de mi especialidad en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y un entusiasta de la difusión de la ciencia a la comunidad. Pero eso no es toda mi vida. Soy un amante fervoroso de la música clásica, actividad que fomento desde mi infancia. La vivo intensamente y procuro compartirla. Soy diletante en vivo y mucho disfruto, de la música grabada, mejor cuando es en compañía de almas gemelas para esto. Finalmente, amo la vida y la disfruto. Parte de ello es comer bien y beber mejor, es decir, moderado pero excelente. De aquí mi afición a los vinos y las cavas. Los conozco, los disfruto y me entusiasma compartir lo que conozco y lo que me gusta. Esta página pretende abrir una comunicación sobre los vinos, la música clásica y la neurología para profanos. Si es socorrida, el mérito será de ustedes. Diciembre de 2022

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jueves, 10 de septiembre de 2020

INTERMEZZO 1

DE MIS COMPAÑEROS ANDARIEGOS

Saben ustedes que ahora salgo diario a caminar por la calle, para mantenerme en buena forma en esta reclusión obligada por COVID-19, que no ceja en enfermar y matar gente. Lo interesante es que ya somos tantos humanos en el mundo, que una buena cantidad de congéneres salen envalentonados a la calle con toda la cara al aire, sin cubrebocas que los proteja a ellos y a los demás que cruzarse puedan. Dicen ellos que eso de la pandemia es mentira, y mayor es que mate tanta gente. Con envidiable frescura te preguntan:

  - ¿Sabes de algún vecino, familiar o conocido que se haya muerto o al menos enfermado de eso?

  - Pues la verdad, no, pero ya vamos en cientos de miles de muertos en el mundo en nueve meses y un más de un millón de afectados. Y nuestra ciudad no canta mal las rancheras.

  - Sí eso es real, ya te tocaba ver uno, por lo menos enfermo.

  - Es que somos más de siete mil millones de humanos en el mundo.

  - De todas maneras, ya te tocaba saber por lo menos de uno, y nada. La tal pandemia es un invento y no me pondré máscara alguna, pues no le tengo miedo ni te voy a contagiar.

  - Pues entonces, ¡Satanás, aléjate de mí, pues tú serás el primero de los contagiados que yo conozca!

Pero bueno, no todos los andariegos ociosos de mi colonia son así. Ayer me crucé, protegido yo con mi disfraz de maleante de anteojos oscuros y paliacate en la cara, con dos hermosas monjas jóvenes, delgadas y muy blancas, con su hábito formal pero moderno: blusa cerrada blanca de cuello alto, chaleco negro juvenil y falda negra delgada hasta media pierna. Por supuesto, medias también negras y delgadas (hacía un calor que si no de infierno, si de purgatorio), sencillas zapatillas y velo negros que de la cabeza caía hasta los hombros solamente. Las dos protegidas con sendos cubrebocas grandes de un blanco deslumbrante y modelo muy propio para monja joven y bella. Dignas de un cuadro de la escuela holandesa del siglo XVII o de la portada de una revista moderna de modas conventuales. Platicando entre ellas se cruzaron conmigo sin asustarse, probablemente porque ni siquiera cuenta se dieron de mí. ¡Qué sacudida para mi ego!

Y no todos mis cruces de andariego callejero por COVID-19 son tan afortunados. Mis compañeros más comunes son paseantes de perros, individuos solos, hombre o mujer, o familias de tres, cuatro o más miembros entre niños, adultos y perros, que de estos últimos los hay de todas las razas, sexos, edades y tamaños. No es infrecuente cruzarse con paseadores profesionales, que, ante la falta de otros trabajos, abundan en mi ciudad. Los hay con cubrebocas o sin él, pero nunca me he cruzado con perros que los usen. Cero perros callejeros, quizá víctimas ya del COVID-19 “para perros”. ¡Los chinos inventan de todo!

Pero lo que más me desconcierta en esos mis cruces con grupos simbióticos de dos especies animales inteligentes, es ¿quien saca a pasear a quien?: los humanos a los perros o los perros a los humanos. Es fascinante observarlos: "Jala para acá", "te arrastro para allá", “me vas a tirar, güey”, “a ver, alcánzame”, “no te vuelvo a sacar a pasear”, “iguanas ranas”, "obedéceme, ven acá”, “a ver la croqueta” “ya vámonos, Yoni, que allá viene ese señor con facha de maleante”, “si no me das croquetas dulces, me voy con él”. “Nooo, adiós. Vete con él, ingrato”.

Ahora soy yo el que sale corriendo y gritando ¡Nooo!


domingo 6 de septiembre del 2020


lunes, 7 de septiembre de 2020

DEL TIMBRE EN LA MÚSICA

 

En tres entradas previas, la última hace una semana, he dicho aquí de los tres elementos "arquitectónicos" de la música, que la soportan como los contrafuertes a una catedral: el ritmo, la melodía y la armonía. Otro, que no es un fundamento, es el timbre y, según algunos estudiosos, otro más la dinámica. Hoy me abocaré al timbre. A la dinámica nunca, pues no acabo de entenderla como elemento individual.

Para empezar, he de decirles que entre los artistas hay una tendencia a aplicar los términos de un arte a otro, y así hablan del ritmo de un edificio, de los arabescos de un poema o del color de una pieza de música. El timbre es el color del sonido, elemento fascinante por sus vastos recursos ya explorados y por sus ilimitadas posibilidades futuras. El timbre es la cualidad del sonido producido por un determinado agente sonoro y por sólo ése. Esta es la definición formal de algo perfectamente familiar para todos, pues así como casi todos pueden distinguir si un paisaje está  pintado en verde o en sepia, también es una facultad innata distinguir cuando un canto lo hace una u otra persona o cuando un tema musical lo toca un violonchelo o una tuba, aunque canten o toquen las mismas notas. No es cuestión de saber los nombres de las voces o de los instrumentos, sino sólo de reconocer por el oído, las diferencias cualitativas del sonido.

Un compositor, con un tema venturoso que se le ha ocurrido, debe escoger si lo va a confiar a la flauta, el clarinete, la trompeta o a cualquiera de otros seis posibles. Escoger  aquel que mejor exprese su idea. El ejemplo más citado para ejemplificar esto es el solo de flauta al principio de La siesta de un fauno de Debussy, el que nos parece inconcebible con otro instrumento, y es un hecho que cualquiera otro nos produciría una emoción muy diferente. En otras palabras, su elección está determinada por el valor expresivo de cada instrumento.

El compositor escoge sus instrumentos como el dramaturgo los vestidos de sus actores, de modo tal que al levantarse el telón, el espectador, con sólo verlos, sabe del estado de ánimo de los personajes. El compositor "viste" sus temas musicales con los colores adecuados para la emoción que trata de comunicar; así escoge entre un instrumento y otro o entre un grupo de instrumentos y otro.

Esta idea de relación entre un color y una melodía es relativamente moderna. Es muy probable que los compositores anteriores a Handel no hayan tenido un sentido muy aguzado del color instrumental. La mayoría de ellos ni se molestaban en aclarar qué instrumento querían para una determinada parte y lo mismo les daba que una partitura a cuatro voces la ejecutaran cuatro instrumentos de madera o cuatro de cuerda. Hoy en día, los compositores insisten en que los instrumentos se utilicen como vehículos de las ideas y llegan a escribir de modo tan característico que una parte de violín resulta intocable con el oboe, aun cuando se trate de registros tonales semejantes.

El proceso de penetración de los colores en la música ha sido lento y gradual. Primero se han tenido que inventar los instrumentos, después perfeccionarse y, finalmente, los ejecutantes han tenido que alcanzar el dominio técnico de ellos. Así, los diferentes timbres se han puesto al servicio de los compositores modernos, pero hay limitaciones insuperables, hasta ahora, que ellos tienen que conocer, como son limitaciones de extensión tonal, dinámica o de ejecución.

Dado que los instrumentos son máquinas en un proceso de perfeccionamiento continuo, los compositores de hoy disponen de ventajas que no tuvieron los antiguos, además de que aprovechan la experiencia de sus predecesores. Es por ello que de los logros más apreciados en las grandes obras modernas son los de "orquestación", es decir, la capacidad para usar con propiedad los muchos colores de la gran paleta musical moderna.

lunes, 31 de agosto de 2020

DE LA ARMONÍA...

En dos entradas anteriores, de los lunes 6 de julio y 3 de agosto, dije de los dos primeros elementos que se dieron en la música, el ritmo y la melodía; hoy diré de la armonía.

La armonía, por lo menos en el sentido que para nosotros tiene, era desconocida antes del siglo IX de nuestra era; hasta entonces, toda la música había consistido en una simple línea melódica. Los compositores anónimos que primero experimentaron con los efectos armónicos estaban destinados a cambiar toda la música posterior a ellos, por lo menos la occidental. El desarrollo del sentido armónico es uno de los fenómenos más notables y artificiosos de la historia de la música.

Y si en términos simples dije que el ritmo es aquello de la música que sentimos que podemos bailar y que la melodía es aquello que sentimos que podemos cantar, podría yo decir que la armonía es aquello de la música que acompaña a la melodía, la adorna y enriquece, sin que sea otra melodía que se alterne o se oponga a la primera, pues en este caso estaríamos en presencia de la polifonía.

Pieza armonizada Vertical

La armonía resulta de "ordenar" simultáneamente, sonidos de diferente tono, es decir, tocar varias notas al mismo tiempo, pero que suenen bien. Los que grafican las cosas dirían que es un fenómeno vertical. Esto implica que las reglas de la armonía siempre son provisionales, pues dependen de la experiencia, los gustos personales y los estilos en uso. La armonía es el elemento más cambiante de la música, y los estilos de la música, desde los antiguos hasta los contemporáneos, dependen de sus características armónicas, no de las melódicas o de las rítmicas.

 Si hablamos técnicamente, debemos decir que la producción simultánea de varios sonidos engendra los acordes y que la armonía, considerada como una ciencia, es el estudio de esos acordes y sus relaciones mutuas. Ahora bien, el acorde necesita de tres notas por lo menos; dos notas solas no hacen un acorde. En los acordes tradicionales, una nota es la que marca el tono (tónica), y esta es la que le da nombre a todo el sistema armónico que acompañará a una melodía. Todos hemos leído en los programas de mano, que tal obra es en Mi bemol mayor, por ejemplo. Eso significa que, por lo menos al principio, la melodía será acompañada por acordes que tengan notas que combinen bien con el Mi bemol. Claro que, salvo en canciones muy sencillas, al rato cambia la tonalidad, es decir, el sistema armónico de una obra. El paso de una tonalidad a otra es lo que se llama modulación, y eso es todo un arte científico.

Ahora bien, esto de las tonalidades es muy importante para la emotividad de la música, pues los autores expresan, con la tonalidad, el estado de ánimo para su melodía. Hay tonalidades de la euforia, de la solemnidad, de la tristeza, etcétera, pero no son universales, sino propias de cada autor o de las épocas, de los estilos o de las naciones. Sin embargo, hay un cierto sentido general, un cierto orden cerebral universal, que le da valores emotivos a las diferentes tonalidades. De cómo ha cambiado la tonalidad desde el siglo IX hasta nuestros días, en que algunos dicen que desapareció, diré en otra ocasión. Por ahora, me quedo con la definición simple de que la armonía es el buen acompañamiento de la melodía.


lunes, 24 de agosto de 2020

DEL VINO Y LA LOCURA: DIÁLOGO CON DON ALONSO QUIJANO

- Gracias Don Alonso por abrirme las puertas de su casa y permitirme saludarlo. Mire que “ancha es la Mancha” y la única indicación para encontrarlo es “un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme".

- ¡Valga!, pero ¿quién sois vos que tan extraño dice la lengua de Castilla?

- Soy Rogelio Macías, sin ningún “don” que preceda mis nombres, y vengo de América, de México.

- No hay colonia ultramarina de España que así se nombre. ¿Os burláis de mí?

- Para nada, don Alonso, es que vengo de su futuro; bueno, de vuestro futuro, para que me entienda bien.

- Tampoco eso entiendo ni creo, salvo que obra sea de magos.

- Y lo es, Don Alonso. Acudí a ese sabio encantador que busca ser cronista de su peregrina historia.

- Sólo que os refiráis a Merlín, el poderoso mago de Inglaterra, que en cualquier nación donde aún cabalgan caballeros andantes, tenemos que soportar. El domina los ámbitos del conocimiento, la muerte y el tiempo.

- A esto último me atuve para llegar con usted, Don Alonso.

- ¿Cómo es eso, señor mío?, que sigo sin entender.

- Pues entonces, Don Alonso, tome asiento y tome calma. Invíteme una copa de vino y abra el magín para escuchar lo que nunca imaginó.

Ansioso, me acomodó en un vestíbulo modesto, en una silla medio desvencijada, y en otra semejante él se sentó también. No hizo la intención de traer vino alguno.

- Estoy en su casa de La Mancha, que trabajo me ha costado llegar, y estamos en el año 1607. Vengo de lejos, en tiempo y espacio. La Nueva España ya no es colonia de España, ahora se llama México y estamos en el año 2020, cuatrocientos trece años después que aquí. Invoqué a Merlín, que ahora ronda por allá, y que tan sólo de saber que buscaba a Don Alonso Quijano, se ingenió y magias hizo, para casi al instante y sin saber yo cómo, ponerme en la Ciudad Real en este albor del siglo XVII después del nacimiento de Jesucristo. Me tiró en la Plaza Mayor y sólo me dijo: “Entiéndetelas tu solo para llegar; yo tengo otros asuntos por aquí”. He caminado la legua, mejor dicho, muchas leguas, casi siempre perdido. No me pregunte como llegué a su casa, pero ya fueron semanas de rodar por La Mancha.

- ¿Qué querrá por acá ese malandrín de espanto? Pero bueno… el importante ahora sois vos, don Rogelio. Ya escuché que os conocen por Rogelio Macías, sin ningún “Don” que preceda sus nombres, pero debo trataros con el Don, pues claramente se ve que sois mayor que yo y no malandrín, asaltante, bandido o mala persona, como ahora mismo hay tantos por acá. Lo que me incomoda es que si bien, bien os entiendo, habláis muy raro, como que os faltan palabras y énfasis.

- Bueno don Alonso, es que usted habla y entiende la lengua castellana hermosa y primigenia, aquella de la que don Miguel de Cervantes fijó sus bases sustantivas.

- ¡Don Miguel...! Sé que corre por ahí un su libro que narra mis aventuras y desventuras en una larga salida que hice sin fortuna, libro tal que me dicen ha gustado y recorrido España y otros lares, traducido a sus propias lenguas. ¡Vaya usted a saber que tan verídico sea!

- De cosas que en ese libro se dicen he venido a platicar con usted, no vaya a ser que falten, sobren o estén tergiversadas. El tomo se llama El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha y está firmado, en 1605, por Miguel de Cervantes Saavedra. Pero Don Alonso, ¡sin vino no podemos seguir!

- El ama no está en casa, tampoco la sobrina ni el mozo de campo. Hoy no me visita el barbero, el cura ni un bachiller que siempre mucho metido anda por aquí y tanto le desconfío. Pero bueno, deje ver si encuentro un cuero con un buen tinto. Esconden mis libros de caballería, igual que el vino, y me escatiman el carnero en la comida. Así voy a morir, cuando tanta falta hacen los de mi estirpe, los caballeros andantes que por el mundo andamos desfaciendo entuertos. Pero déjeme ir…

Ruidos de despensas caídas, maldiciones y súplicas a nadie, metales que chocan, escurrir de líquidos y reaparece Don Alonso con sendos grandes vasos de cobre, rústicos y algo abollados, llenos casi al ras de un vino rojo que burbujeaba su aroma delicioso. Sorbimos generosamente nuestros vasos.

- ¡Salud! - me ha dicho – y suelte lo que tenga que soltar, que de impaciencia me deshago.

- Bien, lo haré, don Alonso, pero permítame primero decir de este vino magnífico; que es de un limpio rojo granate, de tenue aroma de bálsamos que no interfiere con el sabor; éste es redondo y persistente. ¡Gracias, don Alonso!, y dígame ¿de donde es este caldo?

- ¿De dónde va a ser, don Rogelio? De La Mancha, pues no hay mejores vinos en España. De cientos de años se cultivan vides, más para rojos que para blancos, y hay una uva muy de por acá que le dicen “tinta tempranillo”, de piel gruesa y color negro azulado; sus vinos son finos, amables y sedosos, pero se suben pronto a la cabeza. De ése tiene en la mano. Bebámoslo con salud y provecho.

-Gracias, Don Alonso. He de decirle que allá en América, del otro lado del mundo y cuatrocientos años después de ahora, vino de La Mancha de uva Tempranillo tiene siempre un lugar distinguido en mi cava. Hay uno que se llama 1605, por el año en que se publicó por primera vez su historia.

- ¡Vive Dios que porfiáis en eso, Don Rogelio! – dijo en tono alto y exaltado. - O mentís cual árabe bellaco o estáis loco de atar. ¡Qué venirme a decir que vivís en el año 2000 y que ya no hay Nueva España en el mundo!

- Para eso he venido, Don Quijote de La Mancha; para hablar con usted de su locura.

Pausa larga y silencio profundo.

- ¿Qué queréis que os diga? ¿Qué estoy loco? En todo caso, juzgadlo vos.

- Bueno, mi señor Don Quijote: desde que salió a la luz su historia, se ha leído en todo el mundo, desde entonces y hasta ahora mismo. Yo lo hice en ocho ocasiones, la primera a los trece años, y la verdad es que cada una la disfruté más que la anterior. Y muchos en mi país lo han hecho, de todas las clases sociales, que más son de riqueza que de sociedad, y de todos los grados de educación, hasta doctores en los mayores estudios. La mayor parte de ellos la han disfrutado, aunque algunos confiesan que no les gustó. Pero hay una opinión casi general: ¡Que usted estaba loco! Y lo digo en pasado porque recuerde que vengo desde cuatrocientos años después del tiempo que es ahora en este lugar.

- Basta de locuras tales, que esas sí lo son. Y decidme, ¿por qué así me juzgan?

- Bueno, señor mío, que eso de salir a revivir la andante caballería, mal armado y apenas en jamelgo, acompañado de un campesino pobre, ignorante de cualquier letra, aunque de sabiduría innata y popular, gordo y chaparrón, inútil para lances de combate pero que ostenta el título de escudero. Y usted mismo, Don Alonso, con más de cincuenta años cumplidos, es cierto que de complexión recia, aunque seco de carnes y enjuto de rostro.

- Eso no hace loco a nadie, y menos que a nadie, a mí.

         

- Y bueno, otra vez, mi señor Don Quijote, que con tal facha, cabalgadura, armamento y compañía sale al extenso campo de La Mancha y toda España a buscar aventuras donde desfacer entuertos... Agravios que cometen molinos de viento o rebaños de corderos que usted ataca creyendo que son gigantes nefastos o bandadas de maleantes. Fingir una enamorada inexistente, la señora Dulcinea del Toboso, destino de todas sus penas y suspiros, sin que nunca nadie más haya sabido de ella.

- Que nunca nadie la haya visto, ni yo mismo, no significa que no exista. ¡vale Dios!


- Pero ¿qué hay que pensar, Don Alonso, de su ataque inmisericorde a los cueros de vino degollando en ellos al “gigante enemigo de la señora princesa Micomicona?”. No se conformó con cercenar sólo una cabeza, sino varios cueros que tenía el ventero y que el chorrear del vino confundió usted con la sangre del gigante que había vencido. ¿Quién compensó los daños a la hacienda del ventero? Usted no. Si esto no es locura, es maldad, señor mío.

Nueva larga pausa y profundo silencio, que finalmente rompió Don Alonso:

- ¿Y hay en ese su tomo de mi historia que escribió Cervantes, algún hecho o discurso que no sea de locura?

- Claro que sí, mi señor Don Quijote. Hay varios notables, pero de pronto recuerdo dos muy claros.  Primero diré unas líneas de un muy atinado discurso que hicisteis en la mesa de cenar de una venta peregrina, sobre los méritos comparados de las artes de las letras y las armas. Dice así:

Siendo pues ansí que las armas requieren espíritu como las letras, veamos ahora cual de los dos espíritus, el del letrado ó el del guerrero, trabaja más: y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más, que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras (…) poner en su punto la justicia distributiva, y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden: fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza; pero no de tanta como merece aquel á que las armas atienden, las cuales tiene por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.”

Del curioso discurso de las armas y la letras

- No me interrumpáis, Don Alonso, pues ahora trataré de repetir dos pequeñas partes de otra pieza oratoria sublime de vos: el Discurso de la Edad de Oro.

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.”

“No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado.”

Discurso de La Edad de Oro

Silencio. La verdad, belleza y justicia de lo recitado había pasmado nuestro pensamiento y nuestra lengua. No sé cuánto tiempo continuamos callados, respirando apenas y gustando, con timidez y lentitud, el vino magno de La Mancha antigua. Rato largo después:

- Ahora contesta, Rogelio. ¿Pudo un loco, de tu tiempo o el mío, escribir eso que tan bien acabas de recordar?

Pausa más larga aún.

- Contesta, Rogelio; pero como en el último párrafo que dijiste: “con verdad y llaneza”.

- No. Pero entonces, ¿qué ocurre, mi Señor Don Quijote?

- La respuesta es simple, pero no te la diré ahora, pues mi misión en el mundo y en la vida, como la de todos los caballeros andantes, no ha terminado. Por ahora estoy confinado, pero no finado. Ya llevo rato sin salir de casa, pero estoy preparando mi tercera salida. Si tu nación y tu siglo son tan magníficos como dices, ya te enterarás y podrás entonces volver a platicar conmigo. Te recomiendo alejarte de Merlín. Ahora, terminemos nuestro vino y, como dicen algunos en España: ¡Abur!

 

N.B.  Las ilustraciones que ennoblecen este texto son de las originales de Gustave Doré (1832-1883), insuperable artista grabador francés, que hizo 377 láminas para ilustrar una edición de El Quijote, en 1863.



Post scriptum:

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Don Miguel de Cervantes Saavedra, ha sido un hito existencial en mi vida, conforme a la acepción 6 que de “hito” acepta el Diccionario de la Academia de la Lengua: Persona, cosa o hecho clave y fundamental dentro de un ámbito o contexto. Lo leí por vez primera en 1951, de trece años de edad, en una sencilla pero hermosa edición mexicana ilustrada por Doré. Fue regalo en la Navidad de 1950 de una prima mía llamada Rebeca Aurora, de cuya calidad humana dice mejor que nada o nadie, su dedicatoria:


… por aquí … nos conduce extraño Hechizo                  

atravesar por lo nimio y enfermizo;

hasta vencer a la muerte!

Luz que de los misterios llega,

Mundo revelador que el Autor nos lega,

Y cual Mago lo nebuloso en Oro convierte,

Lo indescifrable en sabiduría trueca.

 

. . . Ahondad lo débil al lado de lo fuerte,

Lo intrínseco, no menos que lo vano,

Estandarte sea de tu Suerte:

La Compleja Visión de lo Humano . . .”

 

Anhelo que con este libro te brinda . . .

 

                       Rebeca Aurora

 

                                      24 de Diciembre de 1950







lunes, 17 de agosto de 2020

¿DESDE CUÁNDO BEBEMOS VINO LOS HUMANOS?

Dicen, los que dicen que saben, que la historia del vino ha discurrido paralelamente a la historia de la humanidad; pero también podría ser lo contrario, por lo menos en un principio: que la historia de la humanidad haya discurrido paralelamente a la del vino.

El vino es una bebida alcohólica producto de la fermentación del jugo de uva. Habemos quienes creemos que fue descubierto, más que inventado, por el hombre. En un cuenco de piedra al pie de una mata de Vitis vinifera sylvestris, que la lluvia había colmado de agua y le cayeron algunas uvas maduras; ahí quedaron agua y uvas y pasados unos días se inició el proceso natural de fermentación. Se hizo el vino y algún hombre sediento que pasó por el lugar lo bebió. ¡El vino estaba descubierto! Todo fue repetir el proceso natural, pero eso llevó miles de años.

                

                                                                   Vitis vinifera sylvestris

Recientemente se encontró la bodega de vasijas de vino más antigua conocida, data del año 6000 a.C., mil años antes del invento de la escritura. Está en Armenia (número 1 del mapa) y ella fue el indicio de vida civilizada de la especie Homo sapiens en ese lugar. ¡El vino es prehistórico!

Evidencia muy antigua de la producción y consumo de vino es una vasija del año 5400 a.C., hallada en el poblado de Hajii Firuz Tepe, en los montes Zagros, región que hoy comparten Irak e Irán (2); pero es hasta el año 3.000 a.C. cuando se estima que se produjo el verdadero nacimiento del vino. Los arqueólogos han encontrado indicios que fijan el origen de la primera cosecha de uva para hacer vino en Sumeria, en las fértiles tierras regadas por el Tigris y el Éufrates en la antigua Mesopotamia, hoy en Irak (3).

Vasijas egipcias 3000 a.C.

Desde Sumeria llegó a Egipto (3.000 a.C.) (4). Las orillas del Nilo fueron tierras de cultivo de la vid y en torno a estas plantas se desarrolló toda una actividad laboral e industrial. Los egipcios fermentaban el mosto en grandes vasijas de barro, y producían vino tinto. El vino se convirtió en símbolo de estatus social y era empleado en ritos religiosos y festividades paganas, se guardaba en ánforas durante varios años, teniendo más valor el vino viejo que el nuevo. Los alfareros grababan en ellas quién había cultivado las uvas, la fecha de elaboración y la calidad del mosto, como en las etiquetas de hoy. 

La Vitis vinifera es tan acomodaticia y poco exigente de condiciones para “darse”, que pronto se acomodó en China (2000 a.C.), antes de llegar a Europa. Las caravanas comerciales hacia el Lejano Oriente eran capaces de llevar cualquier producto a cualquier lugar y, hoy por hoy, la industria vitivinícola china está en auge y expansión.

La Biblia, aparte de su significado religioso para el judaísmo y el cristianismo, es un referente histórico de la antigüedad. La Ley de Moisés, por la cual se debía regir el pueblo de Dios, permitía el uso del vino, pero prohibía la embriaguez. En esto cayó Noé, que cultivaba vid y hacía vino en casa. Una tarde lo encontraron sus hijos, borracho y desnudo. No podemos saber, ni aproximadamente, el año en que esto ocurrió, pues la Biblia es muy inexacta en sus fechas, además de que Noé y su arca parecen ser mitos.

Michelangelo Buonarroti: La embriaguez de Noé

Algo parecido sucede con el arribo del pueblo judío a la Tierra Prometida después de cuarenta años de peregrinar tras su huida de Egipto y guiados finalmente por Josué. Cuando calculaba que estaba cerca, enviaba exploradores para tantear el terreno y varias veces regresaron decepcionados, pues lo que encontraban no correspondía a lo prometido. Finalmente, un día regresaron con la buena nueva de haberla encontrado; el signo evidente fueron unos enormes ramos de vid con uvas tan grandes como grandes toronjas; tenían garantizado un buen vino. También es difícil saber en qué año fue eso, si es que así ocurrió.

Dyonisos
En el año 700 a.C., el vino llegó a la Grecia clásica (5) a través de la isla de Creta. Los griegos tomaban el vino mediado con agua y se conservaba en pellejos de cabra. Se empleaba en ritos religiosos, funerarios y fiestas populares y le asignaron una divinidad: Dyonisos, que aparece siempre representado con una copa en la mano. Además, se elaboraban vinos con particularidades propias en diferentes regiones.

Pronto surgió Roma en la parte central de Italia (6), con su espíritu conquistador y poderío militar, su civilización y su incultura. Esto último lo remediaron importando sabios, filósofos y artistas griegos, que gustosos  emigraban tras el “sueño romano”. Ellos llevaron la cultura del vino a Roma, alrededor del año 200 a.C.  Allá se adoptó al dios griego del vino cambiándole de nombre, Baco, que presidía cada año la fiesta de la vendimia. Aplican nuevas técnicas a la vinicultura, la hacen más práctica y aparece por vez primera, hasta donde yo sé, el vino blanco. Símbolo de riqueza, poder y lujo, el vino blanco se servía en copas de cristal en las casas de los nobles, mientras que el tinto se servía en las tabernas populares.

En el Nuevo Testamento aparecen dos citas fundamentales en la historia del vino. La primera (Juan 2:9s): “Jesús suministró ciento veinte galones de vino en las bodas de Caná”. La segunda: “Jesús usó vino en su última cena con los discípulos”. Esto último fue determinante para la expansión de la cultura del vino al Occidente.

Simon_Ushakov: La última cena

A partir del primer siglo después de Cristo, los judíos cristianos, perseguidos en Israel por los romanos y los judíos ortodoxos, emigraban también en masa a Roma, persiguiendo, como los griegos, el “sueño romano”. Y fueron muchos que se infiltraron en el pueblo, se desarrollaron y tomaron poder. Con ello, llevaron también a Roma la cultura del vino, pues por su liturgia estaban obligados a hacerlo: en cada misa debía de consagrarse  el vino para convertirlo en la sangre de Cristo.

A las conquistas militares de Roma iban romanos originarios y cristianos y así llevaron la cultura latina, la religión cristiana y el vino a la Iberia (7) (Portugal y España), a las Galias (7) (Francia) (de donde tomaron el uso de madera para las barricas de vino), a Germania (7) (Alemania), Rumania (7) e Inglaterra (7). Después, como mil doscientos años después, se llevó toda esta cultura a América, Oceanía y muchos lugares más, imponiéndola a sangre y fuego.

Aquí me quedo por hoy.



 


lunes, 10 de agosto de 2020

SISTEMA NERVIOSO 2

La región más desconocida del universo sigue siendo el cerebro. (Villoro, 2017)

Esta sentencia de Juan Villoro no aplica al conocimiento de la anatomía, de las formas, grandes o chicas, macroscópicas o microscópicas, del sistema nervioso. Lo macroscópico lo expusimos aquí hace cuatro semanas; lo microscópico también se conoce en su totalidad, ahora que las nuevas técnicas de microscopía electrónica de barrido y la manipulación informática obtienen imágenes increíbles hasta de la mayor intimidad de las células más pequeñas del sistema nervioso, gliales o neuronas. No hay misterio alguno en ellas y sí, una gran belleza.

                     

                     

Los modernos estudios de imagen con resonadores magnéticos, usando técnicas para tractografía, ofrecen imágenes magníficas de los haces nerviosos que asocian distintas partes del encéfalo o que del encéfalo van a la médula espinal y viceversa.

             

Las imágenes de resonancia magnética funcional muestran las áreas corticales cerebrales que se encienden cuando se ejecuta una función, pero su información es muy limitada  ante la magnitud de la complejidad de funciones aún aparentemente simples.

Pero de la función específica global del SISTEMA NERVIOSO, única y no compartida, que es la RELACIÓN, nuestra ignorancia es abismal.

El término RELACIÓN, para fines de esta entrega, es la capacidad de “darnos cuenta de… y actuar en consecuencia”. Ni el “darnos cuenta de…” ni “el actuar en consecuencia” necesariamente son conscientes. Además, la relación no puede darse en forma individual; requiere de alguien o algo más con quien ejercerla, pocos o muchos, y estamos en ella siempre. Además, no se da en el éter, se hace en nuestro SISTEMA NERVIOSO (SN), alojado en un cuerpo complejo que se desenvuelve en un medio ambiente también complejo.

En la entrega del 13 de julio enumeramos los seis elementos funcionales necesarios para ejercer está función, que se dan en cinco elementos anatómicos. Un resumen de ello es el siguiente:

1. Receptores periféricos variados y especializados que recogen señales periféricas, 2. Un cableado conductor aferente que lleva esas señales al sistema nervioso central, 3. Un enorme conjunto de centros de procesamiento de la información, situados en el sistema nervioso central,    4. Un cableado conductor eferente que transmite estas órdenes ejecutivas a los efectores finales, 5. Los efectores finales, que son los músculos y las glándulas, y 6. Estas acciones finales actúan sobre los receptores periféricos que las desencadenaron, estableciendo ciclos funcionales ininterrumpidos.

La información que se recibe sobre el entorno es en forma de energía física (luminosa, química o mecánica) que en los receptores periféricos se transforma en eléctrica, la única que puede manejar el SN. Esta transformación tiene lugar en los receptores periféricos y se le llama transducción. A partir de este hecho y este sitio, las señales se conducen, a través de pasos sucesivos de neuronas y sinapsis (cadenas de neuronas) hasta el cerebro, donde se crean los mapas cognitivos de nuestro medio y de nosotros mismos, que se manifiestan como gnosias (capacidad de reconocer); la interacción de ellas constituye la conciencia del YO.

          Cadena neuronal

                    

                       

Las gnosias se crean en la corteza cerebral, pero en áreas distintas de la corteza para cada forma de sensibilidad (vista, oído, olfato, tacto, etcétera). De ahí se inician o continúan cadenas de neuronas de complejidad y trayectos variados, que en cada relevo en áreas de la corteza cerebral o cerebelosa o en núcleos compactos del interior del cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico, se van modificando, redirigiendo, reorganizando, complejizando y generando nuevas funciones exclusivas del sistema nervioso: memoria, inteligencia, lenguaje, emociones, que actuando en conjunto constituyen la MENTE, capaz de crear conceptos e ideas y convertirlos en teorías, arte, ciencia, matemática y utilerías mil. Esta manifestación terminal sólo puede hacerse a través del movimiento y de secreciones glandulares. Los músculos y las glándulas son los efectores finales y únicos de ese complejo SISTEMA NERVIOSO. Las señales siguen siendo eléctricas y conducidas a los efectores a través de neuronas eferentes. Al llegar la señal eléctrica al efector muscular, cambia nuevamente a energía mecánica, que es el movimiento. Y así como la gnosia es la capacidad de reconocer, la praxia es la capacidad de saber hacer. Todo este complejo sistema de funciones del SN constituyen la función de RELACIÓN, la CONCIENCIA misma, que es el “darnos cuenta de… y actuar en consecuencia”.

Las gnosias y las praxias requieren de aprendizaje y memoria, y serán tantas cuantas podamos aprender y ejecutar; cuasi infinitas. Y toda actividad que ocurra en el SN no depende tanto del número de neuronas que alberga, sino de la forma y cantidad en que se comunican.

El SISTEMA NERVIOSO es una máquina          compleja que exige que muchas de sus piezas, cadenas y engranajes, trabajen simultánea y sincronizadamente para cumplir su función de RELACIÓN a cabalidad.

Como toda máquina de alta tecnología, necesita de un computador central, en su caso el CEREBRO, que administre y controle cada una de sus partes y sus funciones.

Ahora bien, la complejidad del SISTEMA NERVIOSO es muchos millones de veces mayor que esto que acabo de describir. Es el gran territorio ignoto del universo.