
Verde que te quiero verde. * Verde que te quiero verde. * Ya suben los dos compadres * Verde que te quiero verde, * Sobre el rostro del aljibe Romancero gitano, 1928 |

Verde que te quiero verde. * Verde que te quiero verde. * Ya suben los dos compadres * Verde que te quiero verde, * Sobre el rostro del aljibe Romancero gitano, 1928 |
Saliendo de casa,
11:35
Flores, verdes y secos coinciden, como entre los humanos coinciden los buenos, los malos y los feos.
11:36
Aún en la colonia...
11:44
| Gustav Mahler (1860 - 1911 |
Requiere de una orquesta grande, de más de cien instrumentistas, de un coro más
grande, unos doscientos cincuenta entre adultos y niños cantores, ocho solistas
cantantes y un director. Como se ve, son bastantes menos de mil. La Octava Sinfonía no es la más larga de Mahler, pues
lo son más, y por mucho, la Segunda y la Tercera. Pero es una sinfonía
gigantesca, que representa la mayor expresión del muy particular misticismo
cristiano de su autor.
Mahler fue un católico por convicción, judío converso y estudioso de la teología, que tenía una interpretación muy particular de su religión, un verdadero sincretismo de elementos míticos egipcios, griegos y cristianos, aunados a la convicción de que el pensamiento humano es el centro mismo de cada ser.
Ven,
Espíritu Creador,
visita
las mentes de tus fieles,
llena de
tu celeste gracia
los
pechos que tu has creado
Lleva
luz a los sentidos,
llena de
amor los corazones,
ven,
Espíritu Creador
a quien
Paráclito llamamos,
don del
Altísimo Dios
En la segunda parte, escoge su
propia visión de la condición cristiana, y para ello toma el texto de la escena
final de la segunda parte del Fausto de Goethe, que describe el ascenso del
alma de Fausto al cielo. En ella, el alma pecadora es redimida por el amor y la
intercesión de las mujeres. El amor de una penitente, en otro tiempo llamada
Margarita; el amor de María Egipciaca, la prostituta de Alejandría a la que el
mando divino le prohibió la entrada al templo hasta que ella lo suplicó a la
Virgen María. Después vivió cuarenta años en el desierto haciendo penitencia;
el amor de la mujer samaritana y el amor de María Magdalena, la gran pecadora.
Pero todo porque lo ordena la Gran Consoladora, la Madre Gloriosa, síntesis
goethiana y mahleriana de la Isis de Egipto y la Virgen María, el Eterno
Femenino. Pero al fin y al cabo, el amor generador y creador: Eros.
La Octava de Mahler fue concebida como una sinfonía, pero puede
llamarse oratorio si el público que la escucha en vivo participa de la mística
emoción de la redención humana. La segunda parte está tan próxima a la ópera
como jamás lo estuvo el compositor. Hay personajes, arias, un libreto y coros.
La Octava es la síntesis de la música de Mahler. Proclama su ideal
existencial: la unicidad del arte y de la revelación mística.
La Octava es la única
sinfonía totalmente coral de Mahler. Las voces la impregnan desde el principio
hasta el final. En cierto sentido es una pieza conservadora. Toda ella es
contrapuntística, lo que hace volver los ojos a los viejos oratorios barrocos;
y el contrapunto del primer movimiento combina las melodías de un modo más
tradicional que el "contrapunto disonante" típico de Mahler. Todo él
parece un tributo a los grandes motetes de Bach, una vigorosa celebración del
barroco, como Mahler volvía a imaginarlo en 1906.
El segundo movimiento refleja un
pasado más reciente: se refiere a las óperas de Wagner, pero es completamente
mahleriano, en su estilo como en su estética. La Octava desencadena
torrentes de sonido y es parte del intento estético de Mahler de incorporar su
himno al poder redentor del amor en sonoridades de dimensiones apropiadas.
El estreno de la Octava ocurrió el
12 de septiembre de 1910, en Munich. Asistieron, entre tres mil espectadores,
Arnold Schoenberg, Otto Klemperer, Anton Webern, Sigfried Wagner (hijo de
Richard), Felix Weingartner, Leopold Stokowski, Stefan Zweig, Max Reinhardt,
Thomas Mann, el príncipe de Baviera, el rey de Bélgica y Henry Ford. En sus
memorias sobre su marido, Alma Mahler recordaba esta fecha:
“El último ensayo provocó un
entusiasmo delirante, pero no fue nada con el estreno mismo. Todo el público se
puso de pie tan pronto como Mahler ocupó su lugar ante el atril del director;
el silencio sin aliento que siguió a continuación fue el homenaje más
impresionante que pudo brindarse a un artista... Y luego Mahler, dios o
demonio, convirtió esos tremendos volúmenes de fuentes de luz. La
experiencia fue indescriptible.”
Si Alma Mahler no pudo describir la
música de la Octava Sinfonía, ¿como podría yo intentarlo?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ahora bien, a fuer de ser sincero, a mi no me gusta la Octava Sinfonía de Mahler. La siento de “mucho ruido y pocas nueces” y poco original desde el punto de vista musical, que no ideológico.
En alguna entrada ya antigua de este blog dije de algunas experiencias estéticas musicales que se han constituido en verdaderos hitos en mi espíritu. Ellas son la Novena Sinfonía de Beethoven con la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Sergiu Celibidache en 1949; la Tosca de Puccini en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México con María Callas, Giuseppe di Stefano y Piero Campolonghi, cuando la Callas se despidió de México en 1951; la Quinta Sinfonía de Chostakovich dirigida por Alexander Gauk, también en la Ciudad de México en 1959, con la presencia del autor; la Sexta Sinfonía, "Pastoral", de Beethoven con la Filarmónica de Viena dirigida por Karl Böhm en la ciudad de Bonn en 1970; el ballet Romeo y Julieta de Prokofiev en la ciudad de Kiev en 1988; la ópera Bohemia de Puccini, la puesta en escena de 1999 en la Ciudad de México con Fernando de la Mora y Cristina Gallardo-Domas; el Quinteto para violonchelo de Schubert con el Cuarteto Latinoamericano y Bozena Slavinska en San Miguel de Allende; el Octeto de Mendelssohn con los Cuartetos de Shangai y Ying, también en San Miguel de Allende en 1999. Es tan fuerte su presencia dentro de mí, que a la menor provocación platico de ellas.
| Bethovenhalle en Bonn, Alemania |
Pero no es así, se han dado y son tres. Antes de referirlos diré del Festival Beethoven de 1970 en Bonn, Alemania, con motivo del segundo centenario de su nacimiento. Se dio en tres semanas, durante las cuales escuchamos las nueve sinfonías, algunos de los conciertos de piano y el de violín y algunas otras piezas para orquesta, como las oberturas. Fueron con las orquestas más distinguidas entonces de la Europa Occidental: la orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert Von Karajan, la Orquesta de la Concertgebouw de Ámsterdam bajo la batuta de Eugen Jochum, la Orquesta Filarmonía de Londres con Otto Klemperer al frente, la Orquesta Filarmónica de Viena con Karl Böhm en el podio y la orquesta local de Bonn, de cuyo director no recuerdo el nombre.
| Monumento a Beethoven en Viena Los niños alrededor son sus sinfonías, sus hijos. |
Al terminar esas tres espléndidas semanas y antes de partir de regreso a la Ciudad de México, nos reunimos los viajeros alrededor de una mesa con vinos y viandas y nos preguntamos cuando sería el siguiente festival importante para reencontrarnos con el pretexto de la música. Después de meditar y cambiar impresiones por algunos minutos, estuvimos de acuerdo que el siguiente que valdría la pena sería aquel que conmemorara el aniversario 250 del nacimiento de Beethoven; eso sería en el año 2020. Con tristeza nos dimos cuenta que la mayoría de los que ahí estábamos no habríamos de llegar a tal año.
Por fortuna, mi esposa y yo llegamos, pero no hubo festival alguno, pues para entonces estábamos en plena pandemia de Covid 19, en fase de aislamiento estricto y cancelación de todas las actividades no indispensables en el mundo entero. En ese 2020, mi esposa y yo mucho recordamos y con ello volvimos a disfrutar nuestro Festival Beethoven de 1970. Pero se dio el evento Beethoven 2020 que he debido agregar a esa mi lista pequeña de experiencias estéticas musicales que son verdaderos hitos de mi espíritu.
La tarde del 16 de diciembre de 2020, a través de las redes sociales, vimos y escuchamos en televisión la grabación de un concierto que se hizo y fue grabado el 15 de noviembre en la Staatsoper (esto es una sala de conciertos) de Berlín. Los artistas fueron la Staatskepelle (esto es una orquesta sinfónica) de Berlín bajo la dirección de Daniel Baremboin y el pianista András Schiff como solista. El programa, el soñado por mí: el Concierto para piano y orquesta No. 4 y la Tercera Sinfonía, Eroica, de Ludwig van Beethoven. Por razones de la pandemia por el CoVid-19 no hubo público, pero el concierto se hizo con todo el protocolo como si lo hubiera. La calidad técnica de la entrega, para el audio y el vídeo, es estupenda e inmejorable. Y que decir de lo artístico; la calidad, de “todos”, fue excelsa e insuperable, la soñada por mí toda la vida y esta audición, lejana y sin público acompañante, constituye un hito más en mis mejores recuerdos de la música y estoy convencido de que las experiencias bellas, cuando se comparten, se hacen más bellas y... así nacen los mitos.