Hace años, cuando era yo maestro de neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana y también periodista del mundo musical que me rodeaba, se me acercó un alumno y me espetó de frente: "Maestro, ¿por qué no nos da una conferencia para que nos explique la música clásica?" Tratando de responder tan rápido como me preguntó pensé si ¿yo podría explicar la música clásica?, y rápidamente concluí que no. Entonces me pregunté si los músicos o los filósofos podrían hacerlo, y bueno, estas inquietudes fueron la respuesta a mi pregunta:
"Todo arte es un sistema de comunicación entre un emisor, el artista, y un receptor que es el público, individual o colectivo. La música, como arte que se da en el tiempo, requiere de un intermediario, el intérprete. El receptor utiliza, como forma de conocimiento, la sensibilidad, es decir, el conocer y reconocer en la mente a través de los sentidos; y ese conocimiento puede ser total sin necesidad de ser matizado por la razón o la ciencia. El emisor del mensaje, el artista, adquiere buena parte de su conocimiento por la intuición, ese casi mágico proceso que explica la inspiración; pero para la creación de la obra de arte es más importante que la inspiración, el trabajo basado en la razón y en el dominio de una técnica. La respuesta estética es filosófica y el oficio de hacer las cosas es una técnica. El intérprete usa todas las formas del conocimiento, hasta la fe.
Es claro, entonces, que tanto el creador como el intérprtete requieren de un estudio aplicado para hacer su trabajo dentro del arte; el público NO. A él le toca sentir si la obra le gusta o no. No requiere estudio, pues la obra de arte no se juzga por su bondad o maldad como otros actos humanos. Tampoco se le califica conforme a una escala establecida de valores; lo que importa es que impacte, que llegue a las áreas sensibles y emotivas del cerebro del receptor y que ahí genere "algo", que puede ser belleza. Y digo que "puede ser", porque la belleza, si bien es un elemento buscado, no le es indispensable; lo esencial es que dé la comunicación entre el emisor y el receptor, de tal manera que éste "sienta" que algo cambió en su vida cuando recibió el mensaje estético. Este fenómeno no se puede poner en palabras.
Entonces, parecería que las conferencias y libros que explican el arte son inútiles y que, quizá, hasta estorbaran la sensibilidad. Pero es un hecho que el fenómeno estético parece darse mejor en quienes más se han expuesto al pensamiento filosófico de los artistas y que mejor conocen los intríngulis técnicos para darle forma al arte. Sucede que este conocimiento extraordinario, extraordinario porque no es necesario, crea una apertura de los poros sensibles del receptor. Se presenta al arte con una actitud diferente, enterada, no para entenderlo, porque el arte no se entiende y menos se explica, sino para dejarse penetrar por su mensaje misterioso. Y en su mente ocurre, mejor y con más intensidad, el íntimo y personal develamiento del arcano.
Esta educación implica un cambio de actividad receptiva, por lo que existe el riesgo de destruir con ella la inocencia no prejuiciada que garantiza la recepción, sin trabas, del mensaje. Es por ello que es grave responsabilidad escoger a los conferencistas que explicarán la música. Ellos deberán informar bien de los problemas técnicos de hacerla, pero ser muy cuidadosos al emitir juicios sobre los planteamientos estéticos, es decir, sobre la razón de ser de cada obra y lo que se debe de sentir con cada obra. Porque en última instancia, sólo el autor conoce la razón, pero ni el autor puede adivinar que emociones generará en cada escucha. Y como dijera Silvestre Revueltas y como alguna vez se lo escuché a Gutiérrez Heras: "Si yo pudiera expresar mis ideas con el verbo, utilizaría el verbo y no la música."