Hace muchos años me contaron un chiste que podría ser anécdota. Era una niña española de una familia de músicos en la que había una cantante, un pianista, un compositor y un director de orquesta. Le preguntaron si al crecer le gustaría ser música, a lo que contestó que sí. Le preguntaron entonces ¿qué le gustaría ser?, a lo que contestó sin dilación que directora, como su tío. ¿Por qué?, fue la siguiente pregunta. También sin dilación, contestó: "Porque solo tiene que mover la varita". Y para muchos eso es cierto, para aquellos que también piensan que el entrenador de un equipo de fútbol es una figura decorativa y que los futbolistas lo harían igual o mejor sin tan controvertido personaje.
Es cierto que los directores de orquesta son un producto reciente, de la época romántica. Antes no se usaban y hay orquestas de cámara actuales que tocan sin director, hecho que presumen. Pero eso tiene dificultades y, definitivamente, no es posible con las modernas grandes orquestas. Hace bastantes años me tocó ver y oír una gran orquesta que tocaba una obra moderna de un autor norteamericano, de polifonía y de polirritmo y, por momentos, necesitaba de dos directores, el segundo para dirigir un segmento de la orquesta en momentos especiales. El director sincroniza a los músicos para que todos toquen en tiempo, pero fundamentalmente genera el énfasis que va a marcar la característica propia de esa orquesta o de esa ejecución. El énfasis estriba en procurar la afinación perfecta, en igualar las técnicas instrumentales que generen determinada característica del sonido (como los violines de timbre ruso), en unificar las variantes del tiempo que permite la agógica y en generar una dinámica (variaciones de volumen y tiempo) que consigan el carácter que se quiere de la música. Esto se procura en los ensayos y se consigue en el concierto y es lo que otorga a una orquesta o a una ejecución determinada, una personalidad propia e irrepetible. El resultado final de esto es lo que el público escucha, disfruta o sufre y critica. Es el encanto de la música, de una orquesta o de un director.
Todavía estrictamente dentro de lo musical, pero menos aparente y menos dependiente de él mismo, es su trabajo en la calendarización y programación de los conciertos de la orquesta, es decir, en la previsión de su desempeño a mediano y largo plazo. ¿Cuántas temporadas se darán en el año, de cuantos conciertos cada una, en que recintos, con que programas, con que solistas y con qué directores invitados? Pero todo esto requiere de un presupuesto. Debe conocer con cuanto dispone, para ajustarse o, si el caso lo requiere, buscar las instancias de aumentarlo. Los patronos, oficiales o de la iniciativa privada, siempre son muy difíciles de convencer para esto, pero lo tiene que buscar el director si quiere conseguir los resultados artísticos que ha propuesto. Los directores de orquesta aprenden esto en forma lírica; en las escuelas de música no se enseña administración de la cultura.
Hay muchas otras cosas que hace el director, esenciales para la existencia misma de la orquesta y que son complejas y difíciles. Si le toca fundar la orquesta, tendrá que seleccionar a sus músicos en función de dos parámetros: calidad de los atrilistas y disponibilidad de dinero para salarios. Es una verdadera labor de economista equilibrista para conseguir la mejor calidad que se ajuste al dinero disponible. La calidad debe juzgarla a través de audiciones de prueba de cada uno de los candidatos.
Si llega a una orquesta ya formada, el problema es más severo, pues el mantener y mejorar la calidad de la orquesta (que definitivamente depende de la calidad de los músicos) implica despedir algunos elementos y contratar otros y con ello, enfrentar graves problemas de índole laboral, de los que los patrones, oficiales o privados, graciosamente se lavarán las manos.
Si todo lo anterior está bien, hay que recordar que una orquesta es una pequeña sociedad humana que enfrenta muchos problemas de relaciones interpersonales, en ocasiones muy complejos, a los que el director tiene que hacer frente. Le toca ser amigo, padre, madre, juez, hermano, jefe y en ocasiones, el villano. Y al director de orquesta no le enseñaron psicología o sociología en la escuela de música.
Ahora bien, y como sucede en el fútbol, si las cosas van mal, es más fácil correr a un entrenador que a todo un equipo, aunque las más de las veces tengan la culpa los jugadores. En una orquesta es más fácil despedir a un director que a todos los atrilistas, aunque los que tocan mal sean ellos. Y volviendo a la niña española del cuento del principio, si bien es cierto que el director solo mueve la varita, la tiene que saber mover muy bien; si no, le cortan el cuello los músicos, los patronos o el público.