Acerca de mí

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Soy Rogelio Macías-Sánchez, de tantos años ya, que se me permite no decir cuántos. Soy mexicano y vivo en México país, médico cirujano de profesión, neurocirujano y neurólogo de especialidad. Ahora y por edad, soy neurólogo y neurocirujano en retiro. Soy maestro de mi especialidad en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y un entusiasta de la difusión de la ciencia a la comunidad. Pero eso no es toda mi vida. Soy un amante fervoroso de la música clásica, actividad que fomento desde mi infancia. La vivo intensamente y procuro compartirla. Soy diletante en vivo y mucho disfruto, de la música grabada, mejor cuando es en compañía de almas gemelas para esto. Finalmente, amo la vida y la disfruto. Parte de ello es comer bien y beber mejor, es decir, moderado pero excelente. De aquí mi afición a los vinos y las cavas. Los conozco, los disfruto y me entusiasma compartir lo que conozco y lo que me gusta. Esta página pretende abrir una comunicación sobre los vinos, la música clásica y la neurología para profanos. Si es socorrida, el mérito será de ustedes. Diciembre de 2022

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jueves, 18 de febrero de 2021

INTERMEZZO 11. DE LA VEGETALIA DE MI COLONIA 3.






Hermosa vegetalia en un atardecer de invierno










¡Han nacido en mi acera tres arbolitos...!



























Bella alfombra vegetalia









































Escapando de la cárcel



























































Paisaje sobrecogedor y hermoso














lunes, 15 de febrero de 2021

EL DOLOR Y EL DOLOR DE CABEZA

 

Corte sagital de la cabeza de un hombre

El dolor de cabeza, que los médicos llamamos cefalea, es el síntoma más frecuente en la humanidad y probablemente fue el primero que padeció hombre alguno, si nos referimos al relato bíblico consignado en el Génesis. Se refiere que cuando en la tierra sólo existían cuatro humanos, Adán, Eva y sus dos primeros hijos, Caín y Abel, sin que se diga porqué, Caín mató a Abel golpeándole la cabeza (traumatismo craneoencefálico) con una quijada de burro, lo que seguramente provocó cefalea antes de morir al pobre Abel. No hay constancia de que antes de eso algún miembro de la precaria humanidad de entonces se haya quejado de dolor alguno.

Pero aquí no estamos para referir hechos legendarios en relación con el dolor de cabeza, sino para tratar de entenderlo, para lo cual es necesario, antes que nada, entender el dolor en general. Casi toda la humanidad ha padecido alguna vez algún dolor y es el motivo más frecuente de consulta al médico. Casi siempre va acompañado de preocupación por una sensación de peligro; el dolor funciona como una alarma.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP por sus siglas en inglés) dice: “El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a un daño tisular (de algún tejido), real o potencial, o descrita en términos de dicho daño". El dolor es una sensación desagradable que indica un daño real o posible.

Si el dolor es una experiencia sensorial, es un sentido, como los cinco que describió Aristóteles: olfato, vista, oído, gusto y tacto, más los posteriormente agregados: la propiocepción, la vibración y la orientación espacial. Para que alguna estructura de nuestro cuerpo duela se requiere que el órgano o tejido afectado tenga receptores sensibles al dolor y que el estímulo doloroso sea el apropiado para sentir dolor. Ejemplos: El corazón duele cuando una parte de éste se queda sin sangre (isquemia), como en el infarto. No duele si se le pellizca o calienta. La piel duele si se le pellizca, corta o quema y no cuando sufre de isquemia. Pero en los dos casos es una señal de alarma, de que algo anda mal y necesita atención.

La cefalea es dolor de cabeza y es un dolor muy complejo de entender, lo que hace difícil su diagnóstico y manejo por los no entendidos. Las razones son las siguientes:

1. La cabeza está constituida por diferentes tejidos, de los cuales unos son sensibles al dolor y otros no. Los que son sensibles al dolor, el tipo de estímulo que lo desencadena es diferente. El encéfalo (cerebro, cerebelo y tronco encefálico), que representa el mayor volumen en la cabeza, no duele, no es sensible al dolor, hágasele lo que se le haga.

2. Los vasos sanguíneos (arterias y venas) duelen, son sensibles al dolor. Las arterias duelen cuando se dilatan; las venas cuando se traccionan.

3. Las meninges, que son las cubiertas del encéfalo, algunas duelen y otras no. Las que sí, son sensibles a la inflamación, la infección.

4. Los músculos de la cabeza duelen por contracción sostenida, lo que suele darse por estados de tensión nerviosa, pero pueden ser otras razones.

5. Sólo tres de los doce nervios craneanos duelen.

6. Los huesos de la cabeza, del cráneo y de la cara, no duelen.

Y cada una de las estructuras que duelen en la cabeza lo hacen en forma diferente; el dolor de cabeza no es igual en todos los humanos que la padecen. Hay quienes sienten que la cabeza les estalla, a otros les pulsa y otros más sienten cansancio en la nuca. En unos es leve y tolerable, en otros es incapacitante. Hay quienes sólo tienen cefalea y hay en quien se acompaña de vómito, de enrojecimiento facial o de síntomas de deterioro de la función del encéfalo, como torpeza mental, debilidad de alguna parte del cuerpo, dificultad en la visión, etcétera. Algunos se quejan de dolor en toda cabeza, otros en sólo una parte, la mitad, adelante, atrás o en la nuca.

La cefalea no es una enfermedad, es un síntoma, y por lo tanto puede ser provocada por muchas causas, desde una simple cruda, desvelo o hambre hasta un tumor dentro del cráneo; desde tensión nerviosa o migraña hasta una hemorragia cerebral y así, así y así. En la mayoría de los casos la cefalea es benigna, pero en diez de cada cien sufrientes es el aviso de algo grave, tan grave que puede matar a corto plazo, como un tumor dentro del cráneo, una hemorragia o un infarto cerebral, meningitis, hipertensión arterial, etcétera, etcétera, etcétera.

Es por esto que los pacientes con cefalea deben ser vistos y estudiados con mucha atención por los médicos y no como se hace muchas veces. Yo estoy convencido de que en México la mayoría de las cefaleas se atienden, diagnostican y tratan los domingos en la mañana, en el atrio de las iglesias, a la salida de la misa del medio día. Los conocidos se reúnen a platicar de fútbol o de cualquier otra cosa; se acerca Christopher, doliente de cefalea, y le dice a una participante en el cotorreo:

- ¡Ayy Chulis! Tu que eres doctora, ¿qué me das para el dolor de cabeza que traigo?

- Tómate un ketorolaco y se te quita pronto. Oye, no se traga, es debajo de la lengua.

- Gracias Chulis.

Y Christopher se va encantado de la vida porque la Chulis ya lo curó.

Desde luego que la Chulis no interrogó nada acerca del dolor, no exploró al pobre doliente buscando signos de mala enfermedad, no le tomó la presión arterial ni propuso estudio alguno de gabinete para buscar la causa. Puede ser que Christopher se cure, pero es posible que regrese en un par de semanas con la Chulis y la increpe:

- ¿Sabes qué? Tengo un tumor en el cerebro y me operan mañana.

La Chulis se quiere morir (sólo por un rato), pero eso no remedia nada; el que se puede morir es Christopher y la Chulis tiene la culpa.

NO HAY QUE SER COMO LA CHULIS NI COMO CHRISTOPHER.

lunes, 8 de febrero de 2021

DEL VINO, USOS Y COSTUMBRES.


Sommelieres es una palabra francesa, plural de sommelier, cuya traducción al español es “sumiller”, palabra fonéticamente fea. La Academia de la Lengua prefiere esta forma a la grafía francesa o la adaptación moderna en español, “somelier”, que sin embargo se usan más porque son, fonéticamente, mejores. En esta entrada usaremos “somelier” y “somelieres” para el plural.

Ahora bien, el diccionario de la Academia de la Lengua define somelier: “Persona experta en vinos y licores queen los grandes hotelesrestaurantesetc., sugiere a los clientes la bebida apropiada para la ocasión”. Pero no se conforman en recomendar “el que”, sino que se confieren autoridad sobre todo lo de “el cómo”. Su tono es: “debes tomar tal vino, a tal temperatura, en tal copa y ésta la debes tomar de la base y manejarla así y asado. Además, lo debes hacer a tal velocidad y los buches en tu boca deben ser de tal magnitud y hacerlos que la recorran toda ella en tal secuencia. Si no lo haces así, caerás en la categoría de naco.” ¡Ayyy!

Soy un viejo aficionado al vino y con el adjetivo quiero significar que lo soy desde hace más de cincuenta años, en general, más que la edad promedio de los somelieres con que me he topado recientemente, ya sea en vivo o en línea.



Cuando yo inicié mi afición traté de instruirme en ella y herramientas vitales fueron buenos consejos de allegados y un gran libro que se llama “El gran libro del vino”, de origen francés en su traducción española. Me aplique a estudiarlo y no me lo aprendí “de machete”, formé mis propias ideas con la información de todas mis fuentes disponibles.





Desde luego, lo primero que aprendí es que hay tres grandes categorías de vino: el rojo, que en español se conoce como tinto, el blanco y el rosado. El tinto se hace de uva negra, morada o roja y se aprovecha el hollejo para darle sus características propias, entre otras, su inestabilidad. El blanco, en general, se hace con las mismas uvas, a las que, de entrada, se les quita el hollejo. Para el rosado se inicia su proceso con el hollejo, pero antes de que termine la fermentación, se le retira. Hay vinos blancos que se hacen con uva blanca, con o sin hollejo; son los “blanc de blancs”.

Pronto aprendí también que el vino tinto va con comidas fuertes: carne roja y jugosa, quesos fuertes, duros y viejos, embutidos, pescados de carne roja, como el atún, y así. Que los blancos van con carnes blancas como el cerdo (que es rosada más que blanca), pollo o pescado, quesos suaves y postres, mejor estos si no son chocolatosos. Del vino rosado yo nunca he encontrado con que va, salvo algunos postres; sin embargo, hace muchos años estuve en un banquete de bodas de gente rica, con una cena de tres tiempos variados y complejos, que toda se sirvió con un Rosé D’Anjou.

De mis conocimientos básicos de hace medio siglo, era el saber la temperatura a que debían servirse los vinos. El blanco, desde luego, era frío; debía estar en el refrigerador desde días antes para sacarlo y abrirlo al empezar la comida que acompañaría. El rojo, en general se recomendaba que saliera de una cava fresca pero no refrigerada y que un par de horas antes de descorcharlo para acompañar la comida, se llevara al comedor para “chambrearlo” (del francés chambre: habitación), es decir, ambientarlo, elevar la temperatura del vino a la temperatura de la habitación donde se bebería. Media hora antes de servirlo, más o menos, descorcharlo para que se aireara, se oxigenara lentamente y mejorara. ¡Entonces estaba bien!



Se recomendaba, para todo tipo de vino que acompañara una comida, usar la copa tulipán, llamada así porque su cáliz recuerda la forma de esa flor característica de los Países Bajos; para el vino rojo un poco mayor que para el blanco. Se recomendaba servir en la copa hasta un poco menos de medio cáliz y para beberlo se podía tomar haciendo una concavidad en la mano donde reposara el cáliz o tomarla del tallo, nunca de la base; lo primero para calentar el vino tinto, lo segundo para no calentar el vino blanco. 

Había, y hay, otras recomendaciones a seguir, pero para fines de esta entrada, sólo diré de estas. Eran antiguas, de por lo menos cien años, que se hacían en tono de sugerencia, nunca de norma.



La primera ruptura de las normas es antigua y se resume en una frase que le escuché a una excelente cocinera: “El vino tinto va con todo”, y yo agrego: “el blanco también”. Porque el gusto por el vino es un fenómeno estético, no es ético. Si a mí me gusta el pescado, cualquiera que sea, con vino rojo, pues qué bueno; no hay norma que me lo impida ni razón para que se me critique o reprenda por ello. La enología es arte y ciencia y el vino es obra de arte, y me gusta o no me gusta, prefiero éste a aquel, pero no hay mejor o peor, sólo distinto, como distinto es mi gusto al del vecino cuando yo escojo un vino tinto para el pollo y él un rosado para un borrego, sin importarnos lo que digan los somelieres. Por cierto, los chiles en nogada son riquísimos con un vino rojo no muy fuerte, un Tempranillo de La Mancha, por ejemplo.



Por lo que se refiere a la temperatura de los vinos, han cambiado mucho las ideas en mis más de cincuenta años de gustador del vino. Ahora el vino rojo se sirve frío; indican los modernos somelieres que a 16 grados Celsius, ni más ni menos. Para ello, los industriales actuales fabrican cavitas portátiles refrigeradas que mantienen los vinos a esa temperatura y cuando se abren, están listos para beberse. 





Bueno, hay que oxigenarlos, pero rápido, y así se han diseñado los modernos oxigenadores del vino, que así se anuncian en las modernas páginas de tiendas en línea: “La cámara del decantador inyecta burbujas de aire directamente al vino, haciendo que libere su aroma y sabor natural. Puedes ver las burbujas de aire entrar al vino al momento de servirlo en tu copa”. ¡Qué horror y que ociosidad!




Y si a comparaciones vamos, los antiguos griegos de los cinco a seis siglos alrededor del nacimiento de Jesús de Nazaret bebían el vino en platos no muy planos, con asas laterales para tomarse con las dos manos. Si el vino se ofrecía en una comida importante, se calentaba y se mediaba con agua para mejorarlo. Hay constancia escrita y pictórica de esto y se conserva mucha vajilla vinífera de entonces. 


Más de veinte siglos del vino rojo caliente al vino frío; yo me quedo con el vino “al tiempo”, el de mi época, que no es mejor ni peor que el de antes o el de después, sólo diferente.

Para terminar, hablemos de las copas modernas. Sigue prefiriéndose la copa tulipán, pero ahora se aconseja muy grande y servir el vino en poca cantidad, con lo que queda claramente como asiento. Dicen los modernos somelieres que así se puede seguir aireando al moverlo onduladamente tomando la copa desde la base y moviéndola con suavidad. Y cuidado si en una reunión moderna se te ocurre tomar la copa tulipán por el cáliz en el hueco de la mano o tomarla por el tallo, pues quedas calificado, para los modernos somelieres, como un naco; yo se los he oído.

Hasta aquí la entrega de hoy; ya encontraremos más que comentar para otra que se ocupe del vino.

lunes, 1 de febrero de 2021

LA MÚSICA COMO ARTE BELLO

Euterpe, musa griega de la música

 


Esta entrada pretende continuar, en parte, el hilo de pensamiento de la que se publicó el pasado 25 de enero.

La música puede entenderse como una forma de expresión de la belleza o como un lenguaje, queriendo significar con esto un código para transmitir ideas. El primer concepto es discutible, dado que la belleza es un fenómeno subjetivo, y el segundo no siempre es fácil de entender. Pero la mayoría de las veces la música, como la poesía, conjuga las dos funciones, usa los sonidos para comunicar ideas en forma bella.



Calíope, musa griega de la 
poesía heroica

Y si hemos tocado la poesía como comparación de la música, diremos que manejan elementos similares y así, un sonido en la música equivale a un fonema del lenguaje verbal. Un melisma en la música es lo que una sílaba en las letras, un motivo es una palabra y un tema es una frase. Las formas musicales como el lied, la sonata, cualquier forma de danza, un scherzo o un rondo, corresponden a formas poéticas establecidas, como el soneto, las décimas, etcétera; y las formas libres, las fantasías de la música, pueden compararse al verso libre, sin métrica ni rima, pero con ritmo.


Terpsícore, musa griega de
la danza y la poesía coral

Porque es el ritmo el elemento primero de la poesía y de la música; y si lo digo es porque a la poesía le es indispensable y la música nació como ritmo, al que después se sumaron los otros elementos del edificio estético: la melodía, la armonía y la dinámica.

 La música, como el lenguaje verbal, debe haber nacido antes que el concepto de belleza, que es una abstracción que los lenguajes han permitido a la cognición. Surgió como una necesidad social para acompañar a la magia, forma de pensamiento que dominó a los grupos humanos más antiguos. Pronto se le asoció la danza tribal. Esta forma de música, exclusivamente rítmica, sigue cumpliendo su función y se le escucha en las ceremonias mágico-religiosas de pequeños grupos étnicos en todos los continentes, excepto Europa.



Melpómene, musa griega 
de la tragedia.

Cuando al elemento rítmico se agregó la palabra, la música se enriqueció con la melodía. Para entonces, el hombre había salido de la magia y entraba a la religión y a la filosofía. Se creaban las abstracciones, entre ellas, la belleza. La danza también dejó de ser mágica y se convirtió en un placer estético, que la hizo muy variada. Se multiplicaron los ritmos, que posteriormente se sistematizaron en una escala de tiempos, desde el grave, el más lento, hasta el prestissimo, el más rápido. La melodía, digamos el sentimiento, requirió de la voz para su aparición, pero después la música pudo crearla con otros instrumentos y abandonar la voz humana. Máxime cuando ésta ya no se daba a entender porque la polifonía, superposición de varias voces, lo hacía imposible. Estamos hablando del siglo XII de nuestra era, en el mundo occidental.

Talía, musa griega 
de la comedia.


Diferentes voces, vocales o instrumentales, se colocaron a diferentes alturas de la escala de los tonos, y el músico se dio cuenta que había sonidos que se acompañaban bien, en tanto que había los que se estorbaban, los que sonaban mal. Así se creó la ciencia de las tonalidades, la armonía, que es el elemento que más contribuyó al enriquecimiento estético de la música, y que también es el que más ha cambiado en el decurso de los tiempos, porque los grupos de sonidos, acordes o escalas, que un tiempo sonaron mal, después sonaron bien, hasta llegarse a pensar que cualquier combinación podía ser buena, como el  atonalismo. El auge de la armonía, que predominaba sobre los otros elementos de la música, se dio en la época del barroco. Fue música muy bella, de una trama sonora muy rica, pero en ocasiones de poco contenido; como una poesía bien hecha, con gran forma, aunque el fondo pueda ser no significativo.

Erató, musa griega de la
canción amatoria.


Para que se diera la perfección de la música en la época clásica, hubo de aparecer la dinámica, que se refiere a los cambios de volumen y de tiempo dentro de una sola pieza corta, una canción, una danza o el movimiento de una sinfonía. Este elemento es nuevo; lo introdujeron los hijos de Johann Sebastian Bach y sus amigos después de 1750. Así, la música estuvo completa, por lo menos en lo que se refiere al quehacer estético, pues todo lo demás han sido variaciones sobre el mismo tema.






Las nueve musas griegas.




jueves, 28 de enero de 2021

INTERMEZZO 10. DE LA VEGETALIA DE MI COLONIA 2

 











Para abrir, ni nombre o apellido que califiquen tanta belleza.











En funciones reproductoras
asistidas.





















La que de amarillo se viste...























            



            De un peral ajeno.













Guauu!!










       Cultivo hogareño de
       esta suculenta.










Pacífica convivencia.
¡Las dos espinan!










Intervienen los humanos, 
pero las encontré 
en la calle.




Merece ser flor heráldica.










lunes, 25 de enero de 2021

DEL GENERO "óPERA" EN . . . LAS ARTES

Teatro italiano de ópera del siglo XVIII
Esta entrada pretendía darle continuidad a la publicada aquí el 4 de enero pasado, que lleva por nombre EL GENERO “SINFONÍA” EN LA MÚSICA CLÁSICA. Ahí expresé mi convicción de que ese género es el máximo logro de la música clásica. Hoy quise analizar el género “ópera” en los mismos términos que lo hice con la sinfonía y me resultó imposible tan siquiera empezar, porque la ópera no es género de un arte, como lo es la sinfonía de la música; la ópera es música, poesía y teatro, por lo menos. Dejando apuntada esta premisa, adelante con el tema de hoy: DEL GÉNERO “ÓPERA” EN LAS ARTES.

La ópera es un género de creación programada. No es como la música que resultó de la evolución natural del ritmo de las percusiones primitivas, de índole mágica o religiosa, hace muchos miles de años, al que se le unió después el canto. El enriquecimiento provocado por el número de participantes en esas reuniones mágicas generó la armonía y así se hizo la música, a la que pronto se agregó la danza, que es un arte distinta.

La poesía se dio también de la evolución del lenguaje, cuyo enriquecimiento generó el ritmo al hablar, elemento primario de la poesía que comparte con la música. La poesía, como la música, son prehistóricas; no hay evidencia de donde y cuando se dieron por vez primera.

El teatro, el arte escénico, complejo y sofisticado, también es el resultado de una evolución natural de ritos religiosos, aunque es mucho más reciente que las artes antes mencionadas. Los que dicen que saben sostienen que se creó en Grecia hace unos dos mil quinientos años.

Florencia, cuna del Renacimiento y la ópera
Con la ópera es distinto. A finales del siglo XVI, en Florencia, un grupo de eruditos patrocinados por el conde Giovanni Bardi, crearon una sociedad denominada Camerata Fiorentina, enfocada al estudio y discusión crítica de las artes, particularmente el teatro y la música. Considerando algunos antecedentes griegos de dos mil años antes, crearon la opera, que literalmente en latín significa obras (plural de opus) pero que posteriormente se llamó dramma per musica, es decir, teatro cantado. Su evolución y variantes han llevado a reunir en una ópera, música orquestal y cantada, poesía, teatro, danza y arte escenográfico, que finalmente asocia artes plásticas. Es el género artístico más complejo que se ha creado y no veo como haya uno mayor.

La ópera se sustenta en la estructura de una pieza de teatro. Incluso, hay muchas óperas que están hechas sobre piezas teatrales de gran envergadura, como de Shakespeare, pero el resto de las artes involucradas le confiere variantes muy claras. Suele abrir con una pieza sinfónica breve que se llama obertura y que algún tiempo se llamó sinfonía. Después hay actos, como en el teatro, donde los monólogos, diálogos, discusiones y comentarios se cantan por solistas (hombres y mujeres de diferentes tesituras), dúos, tríos, y hasta sextetos y coros; estos últimos suelen ser los comentaristas. Suele haber intermedios orquestales y en mucha ocasiones danza o ballet, sobre todo en las producciones francesas. La ópera termina como y cuando termina el drama. Hay óperas breves, de menos de una hora de duración, y largas, hasta de siete, como algunas de Meyerbeer.

Ahora bien, lo que la música en la ópera agrega al teatro convencional hablado es la emoción; la intensifica y la hace variada hasta niveles superlativos. Esa es la magia del dramma in musica.

Portada de la partitura de 
Dafne, la primera ópera,
escrita en 1597

La creación propositiva e inteligente de la ópera (1597) y el género mismo fueron tan trascendentes en la historia del arte que marcaron el principio de la época barroca, época de ciento cincuenta años de duración y que los eruditos dan por terminada cuando murió Johann Sebastian Bach en 1750, que no compuso ópera alguna.

Cientos de compositores han escrito miles de óperas para cientos de teatros. Ahí están. Claro que, como sucede en todas las artes, hay las que más gustan y las que gustan menos, lo que determina que las primeras sean las que más se pongan en escena, se graben y se vean y escuchen.

Voy a nombrar algunos de los compositores más notables de óperas desde su origen hasta nuestros tiempos. Será en orden cronológico, sin significado de preferencia o gusto de mi parte y atenido sólo a mi memoria, sin consultar en enciclopedia alguna, escrita en viejos libros o en la Internet. 


Claudio Monteverdi, italiano, 1567 – 1643; 7 óperas.

Antonio Vivaldi, veneciano, 1678 – 1741; 46 óperas.

Wolfgang Amadeus Mozart, austriaco, 1756 – 1791; 22 óperas.

Giachino Rossini, italiano, 1792 – 1868; 48 óperas.

Gaetano Donizetti, italiano, 1797 – 1848; 72 óperas.

Vincenzo Bellini, italiano, 1801 – 1835; 9 óperas,

Richard Wagner, alemán, 1813 1883; 13 operas.

GiuseppeVerdi, italiano, 1813 – 1901; 29 operas.

Charles Gounod, francés, 1818 – 1893; 9 óperas.

Modesto Músorgski, ruso, 1839 – 1881; 3 óperas.

Giacomo Puccini, italiano, 1858 – 1924; 12 óperas.

Federico Ibarra Groth, mexicano, n. 1945; 8 óperas.

 

Quizá algunos compositores importantes se me escapan, pero ninguno sobra. 

Ahora, una lista de óperas favoritas mías, enlistadas en orden cronológico de cuando fueron estrenadas, no por preferencias.







      

                  Wolfgang Amadeus Mozart:

                  “Don Juan”, 1787


                                                          









Gioachino Rossini:

“El barbero de Sevilla”, 1816.

 

 







Charles Gounod:

“Fausto”, 1859.

 

 







Richard Wagner:

“Los maestros cantores de Nuremberg”, 1868.

 

 







Giuseppe Verdi:

“Falstaff”, 1893.

 

 






                                    Giacomo Puccini:

                                   “La bohemia”, 1896.

 

 







Federico Ibarra Groth:

“Alicia”, 1995.