Acerca de mí
- Rogelio Macías Sánchez
- Soy Rogelio Macías-Sánchez, de tantos años ya, que se me permite no decir cuántos. Soy mexicano y vivo en México país, médico cirujano de profesión, neurocirujano y neurólogo de especialidad. Ahora y por edad, soy neurólogo y neurocirujano en retiro. Soy maestro de mi especialidad en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y un entusiasta de la difusión de la ciencia a la comunidad. Pero eso no es toda mi vida. Soy un amante fervoroso de la música clásica, actividad que fomento desde mi infancia. La vivo intensamente y procuro compartirla. Soy diletante en vivo y mucho disfruto, de la música grabada, mejor cuando es en compañía de almas gemelas para esto. Finalmente, amo la vida y la disfruto. Parte de ello es comer bien y beber mejor, es decir, moderado pero excelente. De aquí mi afición a los vinos y las cavas. Los conozco, los disfruto y me entusiasma compartir lo que conozco y lo que me gusta. Esta página pretende abrir una comunicación sobre los vinos, la música clásica y la neurología para profanos. Si es socorrida, el mérito será de ustedes. Diciembre de 2022
Seguidores
jueves, 3 de junio de 2021
INTERMEZZO 18. VEGETALIA Y ALGO MÁS EN MI COLONIA.
lunes, 31 de mayo de 2021
DE LA LOCURA DELQUIJOTE.
Esta entrada da seguimiento, en cierta forma, a la del 24 de agosto pasado en este mismo blog, que tiene por título DEL VINO Y LA LOCURA: DIÁLOGO CON DON ALONSO QUIJANO. Trata de una entrevista imaginaria y virtual que tuve con tal personaje, mejor conocido en todo el mundo como Don Quijote de la Mancha. Está fechada en 1607 y situada en su casa de entonces, en “un lugar de La Mancha”.
La
entrada de hoy dice por sí sola todo lo que quiere decir, pero si se quiere
conocer un antecedente interesante, recomiendo ir a la entrada citada arriba y
leerla. Es simpática.
Hoy comento, discuto y aclaro mi punto de vista personal ante una opinión muy común en nuestra sociedad actual: Don Quijote de la Mancha estaba loco. La sostienen personas de todos los niveles educativos, los que han leído la novela completa de dos tomos, muchos que lo han hecho en forma parcial y muchos más que nunca la han leído. Entre estos últimos, los hay que enfatizan el supuesto afirmando que “estaba re loco”. Desde hace ya más de dos siglos se han publicado ensayos analizando la verdad de esas afirmaciones y otros, rebatiéndola. Esta entrada se refiere a esto.
![]() |
| Miguel de Cervantes Saavedra (1547 - 1616) |
El primero en afirmar la locura del hidalgo fue Don Miguel de Cervantes Saavedra, autor de la inmortal novela, quien desde los primeros párrafos la atribuye a la compulsiva lectura de libros de caballería, de noche y de día "y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera, que vino a perder el juicio".
Que no se diga que no es locura, con más de cincuenta años cumplidos, salir a revivir la andante caballería, mal armado y apenas en jamelgo, acompañado de un campesino pobre, ignorante de cualquier letra, aunque de sabiduría innata y popular, gordo y chaparrón, inútil para lances de combate, pero que ostenta el título de escudero. Y que con tal facha, cabalgadura, armamento y compañía salir al extenso campo de Navarra a buscar aventuras donde “desfacer” entuertos, agravios que cometen molinos de viento o rebaños de corderos que el hombre ataca creyendo que son gigantes nefastos o bandadas de maleantes. Fingir una enamorada inexistente, la señora Dulcinea del Toboso, destino de todas sus penas y suspiros, sin que nunca nadie más haya sabido de ella.
Y qué decir del ataque inmisericorde a los cueros de vino degollando en ellos al “gigante enemigo de la señora princesa Micomicona”. No se conformó con cercenar sólo una cabeza, sino varios cueros y el chorrear del vino confundió con la sangre del gigante que había vencido.
Las
características de esta locura son fundamentalmente dos: alucinaciones (interpretar
equivocadamente lo que se ve, se oye o se siente) e ideas delirantes de
grandeza. Estas llevaron al primer diagnóstico médico de la locura de Don
Quijote; data de 1801 en el -Traité medico-philosophique sur l´alienation
mental ou la manie. París: Caille et Ravier; 1801- (Tratado médico-filosófico sobre la
alienación mental o la manía) por el médico francés Philippe Pinel,
en el cual definió a nuestro hidalgo como “un ejemplo admirable de
monomaniaco”. La monomanía es un término en desuso en la psiquiatría moderna y
se refería a una locura o delirio parcial sobre una sola idea. En 1836, el
médico español Antonio Hernández Morejón vio en el personaje “una alteración
colérica y melancólica de la personalidad”, consideración que tampoco es válida
en la actualidad.
Hay otros autores que juiciosamente
opinan que la acepción
“loco” podría significar, en el contexto cervantino, algo completamente
diferente a lo que en la actualidad se entiende por enfermo psiquiátrico. Esta
es la tesis defendida por el filólogo e historiador Américo
Castro, para
quien Alonso Quijano se encuentra muy lejos de ser un alienado; se trataría de un emprendedor ilusionado “que vive la vida
de forma alocada”.
La psiquiatría actual no acepta el
término de locura en el concepto antiguo de pérdida del juicio o la razón. El
término moderno para tal estado es demencia,
lo que implica una condición adquirida de trastorno en la cognición, de la
mente, del pensamiento. No es una condición simple, pues requiere para
aceptarla como diagnóstico, de alteraciones progresivas en varias áreas del
pensamiento: memoria, lenguaje, gnosias (capacidad de reconocer), praxias
(saber hacer), inteligencia (capacidad de improvisar) y sociabilidad. Todo esto lo hacía muy bien Don
Alonso Quijano; sólo las alucinaciones podrían entenderse como una forma de
agnosia, pero con sólo ellas no se puede integrar
un diagnóstico de demencia en la actualidad.
El Quijote, como toda obra literaria, es producto de una
sociedad compleja. La obra de Cervantes es el reflejo del momento histórico al
que pertenece y puede ser interpretada como un intento de denunciar el momento:
la España de comienzos del siglo XVII.
En esta postura se manifiestan varios
autores, filósofos y literatos distinguidos, para quienes la locura de Don
Quijote es únicamente un artificio literario de su autor para poder ejercer,
desde los actos, pensamientos, comentarios e interpretaciones de un pobre
orate, una agudísima y sagaz crítica de la sociedad en que le tocó vivir. En El Quijote predominaría
la exaltación de la locura como una fuente poderosa de vitalidad, y Cervantes
jugaría con un doble sentido de esta acepción. Así, no se sabe bien si Don Quijote es
un cuerdo que hace locuras, o un loco con momentos de lucidez.
¿Estaba loco don Quijote? Aunque el
narrador de sus andanzas lo asegure, en realidad durante toda la narración no
deja de emitir señales que indican lo contrario y que nos presentan al buen
hidalgo como un hombre que, a las puertas de la vejez y acechado por el feroz
aburrimiento que domina sus rutinas en la Mancha, toma la resolución de echarse
a los campos esgrimiendo un puñado de valores en desuso en un tiempo y un lugar
que destilan decadencia. La locura de don Quijote es la lucidez de quien
comprende que está rodeado de miserias y opta por combatirlas a través de una
parodia que desnude a cuantos le rodean y les abandone a solas con su propia
incomprensión. El sueño de quien opta por los ideales antes que por la
resignación. Y todos querríamos ser quijotes. De ahí que cuando en su lecho de
muerte finja recuperar esa lucidez que en realidad nunca perdió, su hasta
entonces realista escudero le suplique que vuelva a las andadas.
Don Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de La Mancha:
Gracias por haber existido y por seguir siendo.
lunes, 24 de mayo de 2021
EL MITO DE DON JUAN, 2
![]() |
| El personaje de Don Juan Tenorio |
Mi entrega anterior se refirió al mito de Don Juan. Hoy escribo del teatro y la ópera por él inspirados. El personaje Don Juan y de apellido Tenorio nació en 1630, cuando el sacerdote mercedario Gabriel Téllez, mejor conocido como Tirso de Molina, publicó en Barcelona una de sus cuatrocientas piezas teatrales: El burlador de Sevilla o El convidado de piedra. Lo pinta tal cual lo describí, cuenta la muerte del comendador y tres burlas completadas a mujeres comprometidas, dos nobles y una pescadora, lo persiguen su padre y el rey y a escapar lo ayuda su tío. Muere en la cena a la que acude para corresponder la visita que le hiciera "el convidado de piedra", ardiendo en el fuego del infierno y pidiendo confesión y absolución, las que no se le conceden. El final es el convencional de la época, educativo y ejemplar, con el rey "desfaciendo los entuertos" y casando a cada quien con su cada cual. El poema es de tanta solidez y mesura que hasta recatado parece, pero es enormemente creativo y dramático.
A partir de esta pieza magistral se han hecho
casi un centenar de obras de teatro u óperas; de éstas hay, por lo menos,
cuarenta y en el teatro han abordado el tema autores como Moliére, Lord Byron,
Pushkin, Balzac, Corneille, Goldoni, Zorrilla y muchos más. Algunos lo cambian
de sitio y otros de tiempo, pero siempre se mantiene la dualidad del mito: el
burlador de honras y vidas y él que es capaz de convocar a los muertos. Las
conquistas son más o menos numerosas (decenas, cientos o más de mil) y siempre
hay mujeres nobles y plebeyas y en ocasiones monjas. Pero la diferencia
sustancial de estas obras, cuando existe, radica en el final.
Don Juan Tenorio, de José Zorrilla (1844), es él que más conocemos pues en México y en España se pone cada año por el Día de Muertos. Es de verso fácil y dicen, los que saben, que de poco mérito. Sin embargo, todo un pueblo, el español, conoce por lo menos un verso del Tenorio y lo aplica a la menor provocación; como aquello de "son pláticas de familia / de las que nunca hice caso". El problema de este Don Juan es que pone en entredicho la justicia divina, pues permite que un malandrín tan redomado, cuando por sus maldades mismas ve llegar la muerte, se arrepienta y alegando que de verdad amó a la novicia Doña Inés y que ésta también, aunque burlada y muerta lo ama, aproveche "que un punto de contrición / da a un alma la salvación" y eluda el castigo que un Dios justo debiera reservarle.
El personaje de Don Juan ha perdido vigencia; el amor carnal ya no se toma por asalto, se tiene con facilidad y aun se ofrece; el deseo se ha liberado. Otra cosa era en la España y en todo el mundo occidental recién salido de la Edad Media.
El mejor drama de Don Juan es el que hicieron Mozart y da Ponte para ser estrenado en el Teatro
Nacional de Praga el 29 de octubre de 1787.
Lorenzo da Ponte (Ceneda, 1749 - Nueva York, 1838) fue un personaje de vida azarosa. Judío converso, sacerdote católico, libretista, librero, comerciante en vinos, trotamundos y donjuan de considerable categoría, escribió para Mozart los libretos de sus tres mejores óperas, entre ellas, la que todos consideran la mejor y algunos "la ópera de las óperas": Il Dissoluto punito, ossia il Don Giovanni. Da Ponte utilizó como base la obra de Tirso de Molina y un libreto que Giovanni Bertati había hecho para que Giuseppe Gazaniga compusiera la ópera Il convitato di pietra en 1786. Parece ser cierto que el legendario Giacomo Casanova participó también en la factura del libreto para Mozart, lo que sería una de las más bellas coincidencias imaginables: que el mayor de los seductores que han sido haya escrito algunos versos del Don Giovanni. El texto tiene debilidades, quizá por premura, pero la secuencia dramática es fluida y atractiva, a lo que contribuye en forma primordial la música. En esta ópera, como en ninguna otra, los personajes tienen una característica musical muy precisa, lo que es muy notable en los números de conjunto, donde la orquesta toca para todos y cada personaje hace llegar al espectador su propio sentimiento, sin que por ello se resienta el necesario efecto de conjunto.
![]() |
| Wolfgang Amadeus Mozart (1756 - 1791) |
La pintura musical es tan rica que hace de cada personaje, varios, y crea una ambivalencia de sentimientos por parte del público para cada uno de ellos. ¿Es Don Giovanni tan sólo un ser odioso, un impío y un libertino que no merece la simpatía que indefectiblemente sienten los espectadores hacia su figura apenas pasada su violenta irrupción en escena? ¿Es acaso un ser sediento de ideal, un héroe que persigue el amor absoluto? ¿Es un galán de virilidad incierta, que en su correr de un amor a otro sólo busca afirmar su masculinidad? ¿Es un pobre diablo, merecedor de piedad, que encadenado a su deseo se ve arrastrado de una aventura a otra sin vislumbrar jamás un final, o bien es la encarnación del deseo en acción que, libre de convenciones, arremete contra la moral, el orden y la tradición? ¿Es Doña Elvira una pobre histérica, una iluminada o sólo una mujer enamorada que lucha por su amor? ¿Es Zerlina una inocente campesina o toda una seductora en rústicos ropajes? Es la música la que proporciona esta riqueza de aspectos que convierte a Don Giovanni en obra única; es la extraordinaria música que Mozart creó para este mito la que da la medida exacta de los personajes, la autenticidad e intensidad de sus sentimientos. Por ella Doña Elvira se salva de la cursilería, Don Octavio del ridículo y el aria "Finch'han dal vino", conocida más como “el aria de la champaña”, es una vehemente explosión de vida y no la grosera y atropellada canción de un libertino.
![]() |
| Escena final del "Don Giovanni" de Mozart (1787) |
A este Don Juan no se le dan bien las cosas; todos sus asaltos amorosos en escena se le frustran, alguno de ellos ridículamente, el de Zerlina. Pero lo que le confiere trascendencia es el final, que mantiene la vigencia de la justicia divina y amplifica la mítica dimensión de Don Giovanni, que sabiendo que va a morir y a condenarse, no se arrepiente de su forma de vida ni pide perdón y cae al fuego eterno luchando contra Dios, espada en mano.
El Romanticismo pleno hace eclosión.
lunes, 17 de mayo de 2021
EL MITO DE DON JUAN, 1
![]() |
| Tirso de Molina (seudónimo de Gabriel Téllez) (1579 - 1648) |
Ya he dicho aquí que la larguísima cuarentena por el CoViD-19, mi esposa y yo, pareja de personas mayores, la hemos guardado muy rigurosamente. Nuestras salidas fuera de casa se cuentan con los dedos de las manos en el año y más que llevamos de encierro. Lo hemos sobrellevado bien porque hemos creado actividades de recreación en casa, particularmente lectura en voz alta, escuchar música clásica grabada y ver óperas favoritas en grabaciones espléndidas. Recientemente vimos una versión estupenda del Don Giovanni de Mozart, que es una de las muchas recreaciones teatrales del mito de Don Juan. Se me ha ocurrido entonces recrear tal mito en dos entradas sucesivas de este blog.
El mito de Don Juan es reciente. Se configuró como tal en la primera mitad del siglo XVII a partir de la publicación de la obra teatral de Tirso de Molina que lleva por nombre El burlador de Sevilla o El convidado de piedra (1630). El personaje es antiguo y fácil de encontrar en Grecia y en la Roma precristiana. El Ars amandi de Ovidio (43 AC- 17 DC) es el primer manual, el más cínico y el más perfecto del amor donjuanesco, y el mismo Ovidio fue un donjuan, con todas sus glorias y sus miserias.
La Iglesia española estaba saliendo apenas de la gran herejía de los “alumbrados”, que mezclaba excesos de arrebato místico y de erotismo y que invadió iglesias y conventos de toda la península ibérica.
“La desvergüenza en España se ha hecho caballería” afirmaba Aminta, una de las engañadas por “el burlador de Sevilla” y eso se aplicaba a la burocracia y a la sociedad civil. Las escalas de conventos y los raptos de novicias con hábito eran el pan nuestro de cada día, pues además, la mitad de las mujeres jóvenes de posición estaban enclaustradas. Legendarios fueron los amoríos del rey Felipe IV (un donjuan muy avanzado) y Sor Margarita de la Cruz, del convento de San Plácido, amores en los que participaban la abadesa, las dueñas y los Catalinones o los Ciuttis cortesanos, como en el teatro.

Don Juan de Tassis y Peralta
(1582 - 1622)
Estos personajes de la vida diaria de la capital ya habían inspirado piezas dramáticas que los pintaban: Leucinio de El infamador de Juan de la Cueva y Leonidio de La fianza satisfecha de Lope de Vega son donjuanes verdaderamente espeluznantes. Pero el modelo príncipe para la pieza de Tirso de Molina fue Don Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana, hermoso varón, elegante y arrogante, dramaturgo y poeta adorado de las mujeres, gran alanceador de toros y mejor espadachín, atropellador de todas las honras femeninas que se le ocurrieron o atravesaron y cuya osadía de ostentación llegó al colmo cuando en un torneo de toros salió a la plaza con una divisa en su lanza que decía: “Son mis amores reales”.
El rey Felipe IV no permitió que alguno saqueara su serrallo, ya fuera robando a la reina Isabel de Borbón, como sostenía la opinión popular, o a Doña Francisca de Tavara, bella portuguesa de la corte y amante del rey, como sostiene Marañón. Pero las dos eran “amores reales”. Don Juan de Tassis fue asesinado de un tiro de ballesta una noche oscura en una calle de Madrid y la décima que lo recuerda, atribuida a Góngora, a Quevedo y a Lope de Vega, comienza así:
Mentidero de
Madrid,
Decidme, ¿quién mató
al conde?
Y termina afirmando:
La verdad del
caso ha sido
Que el matador fue Bellido
Y el impulso soberano.
Parece ser que este
fue el Don Juan que el abate Tirso de Molina inmortalizó. No es un seductor,
pues aunque las mujeres se le quieren entregar, prefiere tomarlas por atropello
y con engaños, procurando ofenderlas y lastimar lo más a los deudos, padres,
maridos, novios o hermanos; y si en ese camino los hiere o los mata, es para su
mayor gloria, que publica a los cuatro vientos. Pero en veces prefiere no
matarlos, para que sean ellos mismos los que canten su ofensa. No es un
inmoral, pues no hay reproche que lo afecte ni remordimiento que lo aborde; no
hay norma para él, aunque cree en el Dios cristiano; su conducta no es inmoral,
es inconsciente, es amoral. Pero lo que hizo de Don Juan un mito fue el añadido
del personaje capaz de convocar y hablar con los muertos, hacerlos salir de sus
sepulturas e invitarlos a comer, tratarlos como a los vivos y desafiar en ellos
a Dios, aunque en ello le vaya la vida, la cual tampoco tiene en mucho aprecio,
pues siempre vive al día.
Tiene un sirviente fiel pero retobado, que desaprueba sus atropellos pero los desembaraza y en el que muchos autores han querido ver una conciencia popular tan clara como débil.
Es Don Juan el personaje que las mujeres adoran, los hombres envidian, los muertos temen y Dios respeta, porque Don Juan es capaz de negarse, consciente y por voluntad, a la salvación.
El burlador de
Sevilla ha sido la inspiración de decenas de otras piezas de teatro y de
óperas. Pushkin, Zorrilla, Molière y Mozart, y con este Da Ponte y Casanova,
han plantado, entre otros muchos, sus picas en la arena del drama de Don Juan. De esto diré en la próxima entrada.
jueves, 13 de mayo de 2021
INTERMEZZO 17. ROSAS DE MI COLONIA Y OTRAS COLONIAS
lunes, 10 de mayo de 2021
LA MÚSICA COMO LENGUAJE
![]() |
He
mencionado que hay equivalencias entre la música y el lenguaje verbal,
recordando que un sonido en la música es comparable a un fonema, un melisma es
lo que una sílaba, un motivo es una palabra y un tema es una frase. Y así como el
lenguaje verbal tiene áreas determinadas del cerebro para integrarse,
entenderse y emitirse, la música también las tiene.
Pero ¿qué dice la
música? le preguntaron sus hijastros a María en aquella deliciosa comedia
musical que se llamó La Novicia Rebelde. Entonces ella le puso palabras
a la música y los niños entendieron. Pero ese no es lenguaje musical, es de las
palabras, dichas en un tono y puestas en una melodía y un ritmo. El lenguaje de
la música no necesita de vocablos. Cuando los usa, tal arte se llama canto y su
mensaje es verbal.
El mensaje musical
más fácil de entender es el de la música programática, es decir, aquella que
quiere expresar con sonidos musicales, imágenes visuales o ideas. Por supuesto
que el autor tiene que decir, en el título de la obra o en alguna nota aparte,
que significa su música, pues salvo la imitación de sonidos de la naturaleza o
los disparos de cañones, nadie puede decir con música que el cielo es azul o
que el autor es desdichado.
La música de
programa es reciente. No hay evidencia de ella antes del siglo XVI. En la época
barroca hay que recordar principalmente a Vivaldi, con su muy famoso ciclo de
conciertos Las Estaciones. Cada uno de ellos trata de describir el
paisaje y el estado de ánimo en la primavera, el estío, el otoño y el invierno.
Entendemos el mensaje porque conocemos el título y hay quien conoce los
sonetos descriptivos de cada obra. En sus conciertos de flauta La Tempestad
de Mar o El Pinzón, imita sonidos de la naturaleza.
Durante la época
clásica no se dio bien la música de programa y los nombres que tienen las
sinfonías de Haydn fueron arbitrariamente puestos por sus editores, no por él.
La Sinfonía No. 45, “Los
Adioses”, dijo algo en un momento determinado, pero no con las notas, sino
con la salida progresiva de los músicos. Es cierto que Beethoven hizo música de
programa y el ejemplo mejor es su Sinfonía Pastoral, pero entonces ya
era un romántico.
Pues es en la
romántica, aunque no en la temprana, cuando esta música cobra su auge mayor. Es
la época de los sueños de amor, de las músicas incidentales, de las sinfonías
fantásticas, de las flores que algo le dicen a Mahler y de ese colmo y cumbre
de la música de programa que es Cuadros de una exposición de Mussorgsky.
Y tanto la hemos oído, que creemos poder trocar a nuestro lenguaje el de la
música y así saber si un autor era feliz o desgraciado cuando escribió tal o
cual obra.
Pero eso no es
posible. La música absoluta, que es la mayoría de la música de arte, no se
puede traducir a lenguaje verbal. ¿Qué quiere decir esa música?, le preguntaron
a Beethoven acerca de su Sonata Opus 57,
Appassionata. Como única respuesta se sentó al piano y toco los ocho
primeros compases de ella. Es que la música no es un relato, no es una pintura,
no es una filosofía. Por ser una forma especial del pensamiento, la música nada
puede expresar fuera de sí misma. Cuando así la entendamos, habremos llegado a
ella, más allá de la fe, de la ciencia y de la razón; con el sentimiento.



















