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| Consumo de vino, per capita y por año en litros. |
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“La música es tan
generosa que aunque no sea comprendida del todo, es capaz de producir ese
placer estético tan especial que se ha llamado ‘el encanto de la música’.
Estrictamente hablando, lo único que nos puede dar es un goce estético abstracto,
intuitivo, inefable, que se basa en la combinación misma de los sonidos, combinación
que transmite a nuestro cerebro un mensaje de orden específicamente sonoro, en
el cual encontramos un ‘algo’ capaz de proporcionarnos un placer estético que
en ningún otro arte o medio de comunicación podríamos encontrar.
Es claro que este
mensaje será mas comprensible, o por mejor decir ‘más captable’ mientras mejor
percibamos y entendamos el orden que el autor se propuso como principio de su
obra, y mejor sigamos la fidelidad que tuvo a su principio, lo cual no es tan
difícil. Entre más se conozca de esto, será más fácil penetrar el significado,
gustar el mensaje estético e incluso captar y saborear ordenamientos musicales
que se presenten como novedades.
Pero hay que evitar
cuidadosamente dos posiciones extremas, ambas negativas y obstaculizantes:
La de quien se acerca a
la música con miedo de ‘no poder entenderla’ al sentirse ante algo esotérico,
misterioso y tal vez inexplicable. Entonces, la sensibilidad se repliega sobre
si misma, pierde agudeza y no alcanza a realizar el análisis, difícil pero no
imposible, de las combinaciones sonoras. Esta actitud de miedo ante la música
se traduce no pocas veces en una posición aparentemente despectiva, como la de
la zorra ante las uvas que no podía alcanzar, y que para no esforzarse, alegaba
que estaban verdes.
La posición opuesta es
la de no conceder a la música su importancia y tomarla como un telón de fondo o
como un relleno sonoro que mantiene ocupado el sentido del oído mientras la
atención vaga por otros sitios. Música como telón de fondo, que se deja sonar
mientras la imaginación o el recuerdo vuelan por sus propios campos. Música
como relleno, que hace funcionar nuestro oído, pero que nunca llega al cerebro.
En estos casos, la música no es apreciada como música, ya que carece del sentido
que le es fundamental. Desprecia el mensaje estético que el fenómeno acústico
puede brindar.
Para gozar de la
música, hay que prestar toda la atención a las combinaciones sonoras en sí, a
sus cambios, a sus apariciones y desapariciones, a sus repeticiones o ausencia
de ellas, o sea al sonido, al orden y al mensaje artístico de ellos resultante.
Claro que esto presupone una atención sostenida exclusivamente en la audición,
pero en cualquier arte sucede lo mismo. ¿Podría apreciarse un poema si no
prestamos atención a las palabras, o un gran fresco si no observamos dibujo y
colorido?
Hay que acercarse a la
música pidiéndole lo que ella es y puede dar: hermosas y significativas
combinaciones sonoras que hablan sin palabras directamente a nuestra intuición.
Entonces se estará en el campo de la música pura, el arte más profundo, más abstracto
y el de más esencia humana, ya que su elemento fundamental, el sonido ordenado,
no existe directamente en la naturaleza, sino que es de creación humana."
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| Vista posterior del encéfalo y la médula espinal cervical. A la izquierda se ven dos de las meninges. La más exterior es la dura madre. |
La música es un lenguaje o por lo menos un discurso y, por lo tanto, siempre expresa ideas; y como los músicos no están locos, sus ideas tienen un orden, un programa y, por lo tanto, toda la música tiene programa. Sin embargo, en los escritos sobre la música se distingue claramente entre la música programática y la absoluta, llamando así a "la que no tiene programa".
La música programática es lo contrario. El músico intencionalmente trata de poner en las formas y con la gramática musical, un programa de ideas tomado del lenguaje verbal o transcribir imágenes visuales (paisajes, pinturas, mujeres, etcétera) a imágenes auditivas. Se trata de generar, con la música, emociones similares a las que el autor recibió al ver el objeto que describe con música o al leer las ideas escritas que le indujeron a componer.
Lo que pasa es que el programa de la música absoluta no se puede traducir al lenguaje del verbo, que es el que usamos la mayoría de los humanos para expresar nuestros pensamientos. El lenguaje musical tiene formas como las literarias y una gramática compleja, como la del verbo, pero las formas y la gramática no son las ideas. Las de un poeta pueden quedar plasmadas en un bello soneto y las de un filósofo en un magnífico ensayo, pero ninguno de ellos podría expresarlas en música. Un músico no tiene verbo para decir sus cosas, sólo tiene música. Y si le preguntan ¿qué significa?, contesta: "Si mis ideas las pudiera expresar con palabras, no escribiría música". Esa es la música absoluta, cuyo programa de ideas no tiene traducción al lenguaje verbal. Beethoven hizo muy poca música programática y la obra más extensa de esa característica es la Sinfonía Pastoral.
Desde siempre yo prefiero la música absoluta y esta preferencia se ha acentuado con el paso de los años. Amo profundamente la música de Beethoven y sus sinfonías, pero la que menos me llega es la Pastoral, la Sexta. Su música me emociona profundamente, pero en cuanto la asocio al ambiente bucólico que al autor motivó, enormemente se me desvanece el gusto. Así ha sido desde hace más de sesenta años y eso es triste.
Desde que vi anunciado el programa de la OSX para el 17 de marzo, decidí asistir al concierto para deshacerme de ese, llamémoslo maleficio, que me impedía entender y disfrutar de las excelsas ideas musicales de esa sinfonía, sin verme estorbado por su contexto programático. Mis experiencias anteriores me dijeron que la OSX, por su enorme calidad de competividad mundial y magistral dirección, sería capaz de ayudarme a ello.
Con buena entrada, aunque no un lleno, y abriendo el programa, se presentó el maestro Martin Lebel para dirigir, desde el podio y de memoria, la Sexta Sinfonía de Beethoven. La verdad es que ajusté, conscientemente, los controles correspondientes de mi corteza cerebral para desaparecer el programa externo a la música y la dejé totalmente expuesta y receptiva para las ideas musicales. ¡Y qué experiencia, amigos míos!; se me dio la magia de desaparecer cualquier contaminación extramusical. Disfruté, por vez primera y como nunca, de la magia y sabiduría beethovenianas encerradas en esa obra, atenido nada más a las ideas y el lenguaje musicales, tan hermosos, significativos y penetrantes. Gracias por ello a los responsables.