| Ludwig van Beethoven 1770 - 1827 |
A propósito del Concierto para violín y orquesta de Ludwig van Beethoven, que escuchamos el pasado viernes 21 de este mes de agosto del venturoso año de 2026. El año es venturoso pues en nuestra familia nuclear todos estamos vivos y bien; yo, transitando en mi nonagésimo año.
Como inveterados aficionados a la música clásica, por tercer ciclo consecutivo tenemos abonos para la rica temporada semestral de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Xalapa en la Sala Tlaqná, en el recinto de la Universidad Veracruzana.
El primer programa de esta temporada consistió de cuatro obras, la segunda y principal, el Concierto para Violín y Orquesta de Ludwig van Beethoven, pieza larga y compleja, festiva y hermosa a cual más; inolvidable. El solista fue Francisco Fullana, español, artista universal; estupendo.
Esta entrada del blog es atípica, pues consiste en la memoria de una anécdota familiar en relación al Concierto para Violín y Orquesta de Ludwig van Beethoven en una audición en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, casi seguramente a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional, la mañana de un domingo de concierto del medio día en el año de 1970. Casado con Sylvia, teníamos dos hijos, de tres y dos años.
Los antecedentes son que en la casa, sencilla, pequeña y hermosa en el barrio de La Conchita, en Coyoacán, Ciudad de México, oíamos mucha música grabada y nuestros hijos la escuchaban. Si algo preguntaban, se les contestaba de manera que entendieran a su corta edad. En ocasión alguna se puso el Concierto de violín de Ludwig van Beethoven y como hay un momento en que una melodía principal entra después de percusiones de los timbales, se les dio a conocer la obra como el Concierto de los timbales, y así lo identificaban.
Se dio un domingo al medio día en que la orquesta, creo que era la Orquesta Sinfónica Nacional, puso el Concierto de violín y orquesta de Beethoven, e invité a mi hijo de tres años a debutar como público en ese concierto. No entramos a la obertura del concierto ni a la sinfonía final; fuimos sólo al Concierto de los timbales. No teníamos asiento; nos sentamos en un pasillo paracentral del tercer piso y disfrutamos enormemente, el hijo y yo, el Concierto de los timbales. El hijillo se comportó mejor que muchos adultos, lo disfrutó inmensamente y yo lloré emocionado.
Y aquí me despido, porque volvería a llorar, cincuenta y siete años después, si sigo en el teclado.
¡Gracias!
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