Acerca de mí

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Soy Rogelio Macías-Sánchez, de tantos años ya, que se me permite no decir cuántos. Soy mexicano y vivo en México país, médico cirujano de profesión, neurocirujano y neurólogo de especialidad. Ahora y por edad, soy neurólogo y neurocirujano en retiro. Soy maestro de mi especialidad en la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y un entusiasta de la difusión de la ciencia a la comunidad. Pero eso no es toda mi vida. Soy un amante fervoroso de la música clásica, actividad que fomento desde mi infancia. La vivo intensamente y procuro compartirla. Soy diletante en vivo y mucho disfruto, de la música grabada, mejor cuando es en compañía de almas gemelas para esto. Finalmente, amo la vida y la disfruto. Parte de ello es comer bien y beber mejor, es decir, moderado pero excelente. De aquí mi afición a los vinos y las cavas. Los conozco, los disfruto y me entusiasma compartir lo que conozco y lo que me gusta. Esta página pretende abrir una comunicación sobre los vinos, la música clásica y la neurología para profanos. Si es socorrida, el mérito será de ustedes. Diciembre de 2022

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lunes, 28 de septiembre de 2026

UN POCO DE HISTORIA PERSONAL





Soy yo, recientemente.


Por no tener cosa interesante que decir y encontrarme con el problema de no tener un buen tema para esta entrada, he decidido platicar de mí, de mis primeras experiencias ante el arte de la música.


Como suele suceder a la mayoría de los que amamos el arte,  mi inducción a la música fue familiar y la responsable fue mi madre y en casa. Ella no era profesional de la música, pero la disfrutaba y la amaba, y desde que recuerdo, en casa se escuchaba música clásica a través de dos estaciones de radio que la transmitían todo el día con comentarios pertinentes. Cuando la oíamos juntos, ella los ampliaba con sus emociones, lo que los hacía mejores, bellos y enormemente humanos. 

Pero ella era gente de la música viva (había estado en la ópera que cantó Caruso en la plaza de toros en la Ciudad de México) y una noche, yo a los diez años de edad, hice  mi debut como público de la ópera. Fue una función de Ópera Nacional en que pusieron Bohemia de Puccini y recuerdo bien a la protagonista femenina, la notable soprano mexicana Irma González que cantó el papel de Mimí. Estaba embarazada y con tantos meses que no podía disimularlo para hacer el personaje de una pobre joven desafortunada en la vida, que muere por tuberculosis en la buhardilla de su amado poeta. Pero desde el mismo momento supe, porque la viví, de la inmensa emoción que la ópera puede generar. Lloré a lágrima tendida en el acto final.

A los ocho días repetí como espectador, ahora con El Barbero de Sevilla de Rossini, gran ópera cómica. Tampoco recuerdo el elenco completo, solo a los dos bajos, Salvatore Bacaloni y Nicola Rossi Lemeni, que hicieron los papeles de Don Bartolo y Don Basilio, respectivamente. Y sucedió entonces que me divertía tanto que me pasé la ópera riendo y en la escena en que Fígaro afeita a Don Bartolo y trata de distraerlo del coloquio que se da entre su sobrina y el Conde de Almaviva disfrazado de joven profesor de música, me carcajeaba a Dios dar. Nadie del público se atrevió a callarme. Tanto era mi gozo manifiesto, que lo respetaron.

Esa misma temporada me tocó ver a Nicola Rossi Lemeni hacer el papel protagónico en Boris Godunov en una función que marcó un hito en la historia de la ópera en México.

No guardo un recuerdo preciso de la primera vez que estuve en un concierto sinfónico, pero tengo muy claro que entre 1947 y 1949, viví muy de cerca, como público, las temporadas que daban la Orquesta Sinfónica Nacional y la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. La primera la dirigía Carlos Chávez y se presentaba en el Palacio de Bellas Artes los viernes y domingos. La de la Ciudad de México tocaba los domingos en el Teatro Metropolitan. No tenía director titular, pero su director invitado y casi permanente era Sergiu Celebidache, el mítico director rumano que se pasó un buen tiempo por aquí después de la Segunda Guerra Mundial, para regocijo de las jovencitas casaderas de la "alta sociedad" de la Ciudad de México, que suspiraban y desmayaban si lo veían de cerca. Recuerdo que una semana Celibidache presentó, como única pieza en su programa, la Novena Sinfonía de Beethoven y la siguiente semana la tocó Carlos Chávez con la Sinfonía 40 de Mozart como prólogo. Y así escuchamos muchas otras cosas. El público deliraba, tomaba partido y lo defendía acaloradamente, pero nunca hubo reventadores; éramos gente decente.

Así, empíricamente, fui aprendiendo de la música sin que nadie me enseñara, que es como se ha hecho a lo largo de la historia por casi todos los melómanos de corazón. Y como la vida misma, que se aprende a vivirla; no se enseña, se aprende.



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