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| Orquesta Sinfónica Nacional de México |
Hace muchos años escuché una frase de un afamado director de orquesta sinfónica; dijo que "una buena orquesta necesita de un público estable". Esa frase me dio vueltas en la cabeza por mucho tiempo hasta que preparé esta entrega para ustedes, mis lectores modernos.
Si un público estable es necesario para una orquesta sinfónica, ello implica que el público es necesario para que se dé la música; así es. La música, como todo el arte, es un sistema mensajero con un gran contenido de ideas que se generan en un emisor (el autor) para incidir en un receptor (el público). En la música, como en la poesía y en el teatro, hay un intermediario, el intérprete. La música es un arte que se da en el tiempo, no en el espacio y, por lo tanto, es muy sutil y poco objetivo. La música finalmente se hace y sólo existe en la mente del receptor. Nadie puede verla, tocarla o sentirla. De una obra, por larga que sea, solamente se escuchan unos segundos en forma simultánea. Con estos instantes de actualidad, el recuerdo de lo recién escuchado y la expectativa de lo que viene es con lo que se hace la música. La música, finalmente, la hace el público, como fenómeno personal o colectivo.
Entonces, un buen público que haga una buena música en su intelecto colectivo, hará mejores a las orquestas que escucha, las que serán cada vez más exigidas pero también más queridas, pues se habrá caído en un círculo virtuoso de calidad, gusto y emoción crecientes. Todos hemos tenido la experiencia de lo diferente que suena una orquesta con un buen público y con uno que no lo es. El mal público, que es el indiferente a las emociones e ideas que ofrece la música y que no la sabe respetar, hace de su orquesta un grupo apático y conformista, que sin exigencia crítica cae facilmente en la mediocridad y casos se han dado en que acaban por desaparecer.
Si somos capaces de exigir cualidades a una orquesta o a un conjunto de música de cámara, debemos procurar buenas cualidades como público. No es cualidad necesaria saber o "entender" de música, pues el ser oyente no es una profesión u oficio que deba ser aprendido para ser bien ejercido. Es esencial, si, el exponerse frecuentemente a ella con el ánimo dispuesto y la sensibilidad abierta a los mensajes o emociones que nos pueda ofrecer y no buscar en la música sólo distracción o diversión.
Desde luego, es indispensable un respeto absoluto a la música y a los intérpretes, evitando cualquier molestia a ellos o a compañeros del mismo público. En este sentido, el silencio y la quietud son esenciales. Recuerdo una reflexión que alguna vez me hizo el maestro Víctor Manuel Cortés, distinguido violonchelista mexicano. Me decía: "El puente de comunicación que se establece entre el intérprete y el público es como un fino cristal de Baccarat, de enorme belleza pero también muy delicado y frágil. Cualquier cosa, el ruido de una cortina que se corre con impertinencia, el destello de un fotógrafo despistado o el transcurrir por los pasillos de alguien que llegó tarde a la función, puede romperlo. Y como una linda pieza de Baccarat, lo podrás pegar, pero nunca quedará como antes".
Una última recomendación: Si la música que escucharon les emocionó o simplemente les gustó, no escatimen los aplausos de reconocimiento y gratitud a los artistas, pero no aplaudan por compromiso si no les gustó. Esta es una retroalimentación básica para la superación de cualquier conjunto de música clásica.
Si una orquesta presume de ser la mejor del mundo, es que tiene el mejor público del mundo; y de una mala orquesta, es corresponsable un mal público.
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| Orquesta Sinfónica de Xalapa |


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