"Sin música, la vida sería
un error"
Friedrich Nietzsche
La música puede entenderse como una forma de expresión de la belleza o como un lenguaje, queriendo significar con esto un código para transmitir ideas. El primer concepto es discutible, dado que la belleza es un fenómeno subjetivo y que el segundo no siempre es fácil de entender. Pero también sé que la mayoría de las veces la música, como la poesía, conjuga las dos funciones, usa los sonidos para comunicar ideas en forma bella.
Y si hemos tocado la poesía como comparación de la música, diremos que manejan elementos similares y así, un sonido en la música equivale a un fonema del lenguaje verbal. Un melisma en la música es lo que una sílaba en las letras, un motivo es una palabra y un tema es una frase. Las formas musicales, el lied, la sonata, cualquier forma de danza, un scherzo o un rondo, corresponden a las formas poéticas establecidas, como el soneto, las décimas, etc.; y las formas libres, las fantasías de la música, pueden compararse al verso libre, sin métrica ni rima, pero con ritmo.
Porque el ritmo es el elemento primero de la poesía y de la música; y si digo primero es porque a la poesía le es indispensable y porque la música nació como ritmo, al que después se sumaron los otros elementos del edificio estético: la melodía, la armonía y la dinámica.
La música, como el lenguaje verbal, nació antes que el concepto de belleza, que es una abstracción que los lenguajes han permitido a la inteligencia. Surgió como una necesidad social para acompañar a la magia, forma de pensamiento que dominó a los grupos humanos primitivos. Pronto se le asoció la danza tribal. Esta forma de música, exclusivamente rítmica, sigue cumpliendo su función y se le escucha en las ceremonias mágico-religiosas de pequeños grupos étnicos no desarrollados, en todos los continentes, excepto Europa.
Cuando al elemento rítmico se le agregó la palabra, la música se enriqueció con la melodía. Para entonces, el hombre había salido de la magia y entraba a la religión y a la filosofía. Se creaban las abstracciones, entre ellas, la belleza. La danza también dejó de ser mágica y se convirtió en un placer estético, que la hizo muy variada. Se multiplicaron los ritmos que posteriormente se sistematizaron en una escala de tiempos, desde el grave, el más lento, hasta el prestissimo, el más rápido. La melodía, digamos el sentimiento, requirió de la voz para su aparición, pero después la música pudo crearla con otros instrumentos y abandonar la voz humana, máxime cuando esta ya no se daba a entender porque la polifonía, superposición de varias voces, lo hacía imposible. Estamos hablando del siglo XII en el mundo occidental.
Diferentes voces, vocales o instrumentales, se colocaron a diferentes alturas de la escala de los tonos y el músico se dio cuenta que había sonidos que se acompañaban bien, en tanto que había los que se estorbaban, los que sonaban mal. Así se creó la ciencia de las tonalidades, la armonía, que es el elemento que más contribuyó al enriquecimiento estético de la música y que, también, es el que más ha cambiado en el curso de los tiempos, porque los grupos de sonidos, acordes o escalas, que un tiempo sonaron mal, después sonaron bien, hasta llegarse a pensar que cualquier combinación podía ser buena, lo que es el atonalismo. El auge de la armonía, que predominaba sobre los otros elementos de la música, se dio en la época del barroco. Fue música muy bella, de una trama sonora muy rica.
Para que se diera la perfección en la música clásica, hubo de aparecer la dinámica, que se refiere a los cambios de volumen y de tiempo dentro de una pieza corta, una canción, una danza. Este elemento es muy nuevo; lo introdujeron los hijos de Johann Sebastian Bach después de 1750. Así, la música estuvo completa, por lo menos en lo que se refiere al quehacer estético, pues todo lo demás han sido variaciones sobre el mismo tema.

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