| Juan Gabriel en concierto |
| Homenaje popular a Juan Gabriel la noche de su muerte ante su estatua monumento, en la Plaza Garibaldi en la Ciudad de México. |
| Juan Gabriel en concierto |
| Homenaje popular a Juan Gabriel la noche de su muerte ante su estatua monumento, en la Plaza Garibaldi en la Ciudad de México. |
| ¡Que tal! Con un buen vino rojo seco o con champaña Demi sec. |
| Joan Manuel Serrat (1943 - ) |
Si se llevasen el miedoY nos dejasen lo bailadoPara enfrentar el presenteSi se llegase entrenadoY con ánimos suficientes
Y después de darlo todoEn justa correspondenciaTodo estuviese pagadoY el carné de jubiladoAbriese todas las puertasQuizá llegar a viejoSería más llevaderoMás confortableMás duraderoSi el ayer no se olvidase tan aprisaSi tuviesen más cuidado en dónde pisanSi se viviese entre amigosQue, al menos, de vez en cuandoPasasen una pelotaSi el cansancio y la derrotaNo supiesen tan amargo
Si fuesen poniendo lucesEn el camino a medidaQue el corazón se acobardaY los ángeles de la guardaDiesen señales de vidaQuizá llegar a viejoSería más razonableMás apacibleMás transitableAy, si la veteranía fuese un gradoSi no se llegase huérfano a ese tragoSi tuvieses más ventajasY menos inconvenientesSi el alma se apasionaseEl cuerpo se alborotaseY las piernas respondiesenY del pedazo de cieloReservado, para cuandoToca entregar el equipoRepartiesen anticiposA los más necesitadosQuizá, llegar a viejoSería todo un progresoUn buen remateUn final con besoEn lugar de arrinconarlos en la historiaConvertidos en fantasmas con memoriaSi no estuviese tan oscuroA la vuelta de la esquinaO simplemente, si todosEntendiésemos que todosLlevamos un viejo encima
Mi esposa y yo, amantes del arte, particularmente de la música, hemos participado en grupos culturales no profesionales; todos han sido buenos y algunos muy exitosos. Ocasionalmente se han dado en nuestra casa, reuniendo a la flor y nata de la cultura local.
En una de ellas estuvo presente el maestro Gerhart Muench, notabilísimo músico alemán, pianista estupendo y compositor prolífico y magnífico. Le tocó vivir y sufrir la Segunda Guerra Mundial en su país de origen. Escapando de la guerra y de la muerte, anduvo por países y ciudades del mundo y terminó viviendo entre nosotros, en Tacámbaro, Michoacán, donde murió en 1988. Desde ahí, fue un músico y pedagogo prolífico. Su esposa, Vera, fue una poetisa estupenda.
Mi esposa y yo pudimos disfrutar de su arte excelso en salas de concierto, en su casa y en la nuestra, donde en ocasión alguna nos lo ofreció.
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Una noche, se dio en casa una reunión más numerosa, donde algunos de los invitados presentaron obra poética.
Una dama empezó a leer la suya y después de tres o cuatro versos, Muench la detuvo y le pidió que le dejara leer el poema. Ella accedió y Muench lo hizo con una musicalidad y sentimiento inolvidables. Muench era un gran músico y poeta.
El soneto es este:
ATARDECER
Estas hojas son nuevas. Serán verdes después...
... como estas.
Para quienes no lo sepan y para quienes lo sepan lo recuerden, he de decir que soy medico cirujano desde hace más de sesenta años, especialista en neurología y neurocirugía desde hace más de cincuenta y ahora jubilado de mi profesión y especialidades desde hace cinco. Entonces escapé a las Tierras Altas de Veracruz a terminar felizmente mi vida, como lo ha sido toda en la Ciudad de México y en Morelia. Parece que así va.
Como médico también he sido enfermo, incluso con algunos padecimientos graves que felizmente he capoteado bien. Tengo algunas fallas menores que no se han corregido a lo largo de los años, pero que no son incapacitantes y ni siquiera estorbosas.
Una de ellas es una baja de la capacidad auditiva derecha, media de magnitud y de predominio en los tonos altos, los agudos. Como nunca me ha estorbado para vivir, nunca le hice caso ni quise usar una prótesis auditiva para mejorar mi capacidad de percibir los tonos altos a través del oído derecho.
En mi última revisión con el especialista (otorrinolaringólogo) volvió a aparecer, más severa, la falla auditiva derecha para los tonos altos, lo que no me inquietó. Alguien, muy cercano a mi, me dijo: “Yo te pediría que te hicieras del auxiliar auditivo, porque sería muy triste que llegaras a perder el gusto por la música que tanto amas”. Casi lloré de la emoción, me hice del auxiliar auditivo diseñado para mi condición y lo traigo puesto.
Ahora es claro que oigo más, por ratos de más, pero eso se mejora con un control de volumen que tiene el aparatito. Pero hay un inconveniente que no es posible desaparecer: algunos tonos, particularmente los altos, los distorsiona y los mantiene vivos aunque ya no se estén generando en el exterior; persisten oyéndose, aunque hayan desaparecido en su fuente.
No persisten en el oído; persisten en el cerebro. Porque nosotros no escuchamos con los oídos, escuchamos con el cerebro. Los oídos sólo son estaciones de paso. A saber...
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... Las vías auditivas humanas son un conjunto de estructuras que transforman el sonido en señales cerebrales, comenzando con el oído externo que recoge las ondas sonoras. Luego, estas ondas vibran el tímpano y la cadena de huesecillos (martillo, yunque y estribo) en el oído medio, amplificando la señal. En el oído interno se convierten en señales eléctricas que viajan por el nervio auditivo y ascienden por diversas estaciones neuronales hasta la corteza auditiva en el lóbulo temporal del cerebro, contralateral, donde se interpretan como sonido.
Esta entrada fue escrita hace bastantitos años, durante un viaje en autobús de pasajeros, regresando de las Tierras Altas de Veracruz a Morelia, donde entonces vivía yo y trabajaba. Nunca se publicó y recién la encontré en mis archivos informáticos olvidados. Francamente me gusta y me siento en la obligación de compartirla.
La escribí porque viajaba yo solo y hubo tiempo suficiente para pensar en muchas cosas y también para escuchar música, de la que se puede cargar en una memoria informática. En esa memoria traía y escuché durante el largo viaje, el Club de las Quintas, que son las cinco quintas sinfonías que han alcanzado fama e incluso popularidad, lo que es timbre de orgullo en la música clásica. En orden cronológico, la Quinta Sinfonía de Beethoven, la Quinta Sinfonía de Schubert, la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, la Quinta Sinfonía de Mahler y la Quinta Sinfonía de Shostakovich. Podrán gustarnos unas más que otras o alguna de ellas parecernos sin merecimientos suficientes, pero esas son las cinco de mi Club de las Quintas.
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La Quinta de Beethoven (1806) es la más famosa y la única verdaderamente popular. Aunque no sepan de donde es, todos conocen el ta ta ta tann de la introducción y siempre se asocia a algo dramático. Se ha dicho que esas cuatro notas eran el llamado del destino a la puerta de Beethoven, aunque él nunca dijo eso. Pero es una obra dramática que sugiere, toda ella, la lucha y el triunfo de un héroe joven por una buena causa, más personal que social. No hay sangre derramada sino triunfo jubiloso y definitivo.
La Quinta de Schubert (1816) es angelical o mozartiana, que, en tratándose de música, estos términos son sinónimos. Es un regreso a la serena perfección del clasicismo, es sencilla, clara y luminosa como el alma de su autor y con el patrón melódico romántico, único e inconfundible de Schubert. Es obra de un alma joven, generosa y optimista.
La Quinta de Tchaikovsky (1888) es el colmo del romanticismo, que por momentos busca ser heroico y casi siempre es desgarrado. Pero en todo momento es lucidor y emotivo, sobre todo si el oyente es joven. No hay adolescente inducido al gusto por la música clásica que no se emocione brutalmente cuando entra el tema final, marcial y grandioso. Y algunos viejos, que ahora renegamos de lo empalagoso y superficial de Tchaikovsky, debemos reconocer que entramos a la buena música por la puerta grande de la Quinta de Tchaikovsky.
La Quinta de Mahler (1902) es todo un caso, como Mahler mismo lo fue. Judío converso al catolicismo, parece que lo fue más por conveniencia sentimental y de trabajo que por convicción. Toda su vida fue de incertidumbre religiosa, sentimental y de trabajo. Su obra lo desnuda y muestra los vaivenes emocionales a lo largo de su vida. Sus primeras sinfonías son optimistas y hasta heroicas; las intermedias son idílicas; las últimas son trágicas. La Quinta es intermedia y no es de las más logradas como un todo, pero tiene un cuarto movimiento, lento, Adagietto, que él solo hace de esta sinfonía la más gustada por el gran público. Es de suavidad, ternura y emotividad increíbles e inolvidables.
La Quinta de Shostakovich (1937) compite en dramatismo y trascendencia con cualquier sinfonía de cualquier autor que se le ponga enfrente. La obra de Shostakovich no sólo es hermosa, altiva y dramática; es también, y más que nada, un manifiesto de libertad que reta a la opresión y a la censura de cualquier tipo, aceptando en ello el riesgo incluso de la vida. Es la más joven y la reina de las Quintas, para mí.